Nadie confundiría a Rosalía con una bailarina de ballet profesional. Sin embargo, en el espectáculo de la ‘Lux Tour’, se acerca al ballet con lo que parece un interés y un respeto genuinos.
Por Margaret Fuhrer
5 de julio de 2026
Cuando las zapatillas de punta aparecen en la cultura popular, a los bailarines les suele dar vergüenza ajena.
Las zapatillas de punta, el calzado emblemático del ballet, suelen cautivar a los editores de revistas de moda, a los ejecutivos de publicidad y a los músicos de pop. Quienes no están familiarizados con la danza suelen estar deseosos de usarlas como símbolo de un cierto tipo de feminidad delicada.
Pero una zapatilla de puntas no es (solamente) un símbolo; es una herramienta artística. Bailar correctamente en puntas requiere años de entrenamiento intensivo. Es prácticamente imposible fingirlo. Para los bailarines, ver un trabajo en puntas deficiente puede resultar doloroso: no solo es una afrenta estética, sino un insulto al rigor de su oficio.
Así que cuando la cantante Rosalía abrió en junio un concierto de su Lux Tour en el Madison Square Garden vestida de bailarina de ballet —de pie, recatada, sobre una plataforma, con un enorme tutú al estilo de Degas y, sí, zapatillas de punta—, contuve la respiración.
Pero luego, en cuanto empezó a moverse, exhalé con alivio.
Nadie confundiría a Rosalía con una bailarina de ballet profesional. Sin embargo, en el espectáculo de la Lux Tour, se acerca al ballet con lo que parece un interés y un respeto genuinos. (La gira estará en California hasta el 6 de julio).
Mientras cantaba la conmovedora “Porcelana” en el Garden, ejecutó un impecable arabesque sobre puntas en pareja, con el pie de apoyo impresionantemente arqueado. Momentos después, mientras se desplazaba en pas de bourrée hacia el fondo del escenario, dando pasitos minúsculos en puntas, sus brazos recordaban de forma convincente a los de un cisne: fluidos, pero con una gran articulación en las muñecas y los dedos. El ballet no es una pose; es un lenguaje, y está claro que Rosalía lo ha estado estudiando.
Una mezcla similar de curiosidad y devoción impulsa su álbum Lux. Rosalía, que se inició en el flamenco, ha construido una carrera en la música pop en torno a yuxtaposiciones estilísticas inesperadas. En Lux, incorpora elementos de ópera y canta en 13 idiomas. En la Lux Tour, presenta el ballet clásico como un equivalente físico de la ópera clásica. Su baile es balletístico de la misma forma que su música es operística: puede que la técnica no sea perfecta, pero la intención es buena.
Quizá por eso Misty Copeland publicó el emoji de “mente explotando” tras asistir al concierto en el Madison Square Garden, o por eso la estrella del New York City Ballet, Tiler Peck, ha comentado con aprobación las fotos de Instagram de Rosalía en las que aparece en posiciones de ballet. Cuando la gira hizo parada en Houston el 23 de junio, Rosalía invitó al primer bailarín del Houston Ballet, Harper Watters, a subir al escenario para una aparición especial. “Eres una bailarina de ballet preciosa”, dijo Watters. “Muchas gracias por mostrar nuestro arte de una forma tan bonita y por cuidarlo tanto”.

El trío coreográfico (La)Horde, que ayudó a crear la coreografía de la Lux Tour, dijo que las secuencias de ballet del espectáculo fueron idea de Rosalía. (Hablé con Marine Brutti, pero el colectivo —que también incluye a Jonathan Debrouwer y Arthur Harel— habla al unísono). Aunque los miembros de (La)Horde son los directores del Ballet Nacional de Marsella, “no sé si alguna vez le habríamos aconsejado que fuera por ese camino”, dijeron. “Ella tenía la visión de empezar el espectáculo como bailarina de ballet, y confiamos en ella. Fuimos como los ayudantes de un mago”.
Parte de la magia de la gira reside en cómo se mezclan con naturalidad el ballet y otros estilos de danza. El equipo de coreografía está liderado por (La)Horde y CharmLa’Donna, la mente creativa detrás de las actuaciones de Bad Bunny y Kendrick Lamar en el Super Bowl. Dimitris Papaioannou, el coreógrafo griego conocido por sus intrigantes ilusiones ópticas, y el famoso bailaor de flamenco José Maya también aportaron su granito de arena.
“Ella quería ofrecer una experiencia que fuera una mezcla de museo, iglesia, discoteca y teatro de danza”, dijo (La)Horde sobre Rosalía. “Todos nos dejamos llevar por la fluidez de su pensamiento”.
La Lux Tour se presenta, con gran pompa teatral, en cuatro actos. Tras el clasicismo celestial de la apertura, la segunda sección empieza con un descenso a la majestuosidad más oscura del primer sencillo del álbum, “Berghain”, que lleva el nombre de la famosa discoteca de Berlín. Rosalía vuelve al escenario tras haber cambiado sus zapatillas de punta por unas botas negras, con dos plumas en forma de cuerno que se rizan sobre su cabeza.
Aquí es donde se nota más claramente la huella de (La)Horde. Fiel a su nombre, al colectivo le encanta recurrir a una multitud desenfrenada. En la coreografía de “Berghain” —que en parte se inspira en la actuación viral de Rosalía en los Brit Awards a principios de este año—, una masa primigenia de cuerpos de bailarines envuelve a la cantante vibrando al ritmo de cada uno de sus gestos. Las cuerdas orquestales impulsan “Berghain”, pero la gira añade un remix electrónico alucinante al final de la canción. Al terminar, la bailarina, que antes parecía una joya, se ha convertido en toda una chica de club, y se retuerce extasiada bajo las luces estroboscópicas.

A pesar de su iconografía del cielo y el infierno, el espectáculo no es todo altibajos épicos. También incluye fragmentos del álbum de Rosalía de 2022, Motomami, una colección de canciones insolentes e irreverentes que adoptan un enfoque más lúdico a la hora de mezclar estilos. Mientras interpretaba el popular tema de reguetón “Saoko”, Rosalía se metió con naturalidad en el papel de diva del pop, y su columna vertebral fluía mientras ella movía el torso. La canción incluye un improbable interludio de jazz; y, de forma igual de improbable, ella se pone a hacer twerking al ritmo de la música, mientras una cámara se acerca para hacer un primer plano de sus pantalones cortos color rosa chillón.
Esa descarada alegría se extiende también al territorio de Lux. La aportación de Papaioannou al espectáculo es el número “La perla”, que convierte el vals de Lux —una despedida desenfadada a un ex— en un encantador espectáculo de ilusiones ópticas. Sobre un fondo negro, las manos enguantadas de blanco de los bailarines se convierten en la falda de Rosalía, luego en un halo, luego en un velo, evocando en un momento a la Venus de Milo y al siguiente a Rita Hayworth. Como era de esperar, el número ha arrasado en TikTok.
Rosalía, que es de España, empezó su carrera estudiando tanto baile flamenco como música flamenca, una formación que se nota claramente a lo largo de todo el espectáculo de la Lux Tour. (Quizá eso explique esos impresionantes brazos de cisne, primos lejanos de los expresivos movimientos de la parte superior del cuerpo del flamenco). En la canción de flamenco-pop “De madruga”, su juego de pies percusivo y sus giros de muñeca tan delicados provocaron gritos de “¡Olé!” entre el público. “La rumba del perdón”, el tema de Lux que más se acerca al flamenco clásico, no es un número de baile en este espectáculo, pero en cuanto empezaron las palmas rítmicas, Rosalía no pudo evitar chasquear los dedos y zapatear al ritmo.
Esa formación en flamenco también le da seguridad con su cuerpo, una base sobre la que construir cuando prueba otros estilos de danza. En ese esfuerzo cuenta con el apoyo del elenco del espectáculo, formado por bailarines de gran prestigio e increíblemente versátiles. Mientras baila en puntas, Rosalía tiene como compañeros a antiguos miembros del Ballet Nacional de Marsella y del Nederlands Dans Theater. Y cuando se contonea y se mueve de forma sensual, lo hace junto a veteranos de giras por estadios de gran repercusión y videos musicales. (A veces son las mismas personas).
“No parece un grupo de bailarines de apoyo”, dijo (La)Horde. “Parece una compañía de danza en toda regla”.
El acto final de la gira Lux vuelve a los cielos y al ballet, aunque menos a través de su coreografía y más a través de un collage de referencias visuales. Rosalía y los bailarines aparecen con alas blancas de plumas que los sitúan a medio camino entre los cisnecitos de El lago de los cisnes y los ángeles de Victoria’s Secret. Al final de la canción “Focu ’Ranni”, la cantante subió por una escalera al fondo del escenario y cayó hacia atrás, con los brazos extendidos a modo de alas, sumiéndose en el olvido de la Reina de los Cisnes. Te la podías imaginar citando al personaje de Natalie Portman en El cisne negro al aterrizar: “Ha sido perfecto”.
En el mundo del ballet, una referencia a El cisne negro también puede dar un poco de pena ajena. Pero aquí —con una Rosalía descalza y agotada, y sus alas ligeramente desaliñadas por el esfuerzo— el momento se interpretó como un homenaje al esfuerzo.
A algunos artistas les atrae la imposibilidad inherente al ballet. El esfuerzo de perseguir los ideales inalcanzables de esta forma artística se convierte en su propia recompensa. Rosalía, la diligente estudiante de una decena y pico de idiomas y casi otros tantos estilos de baile, parece sentirse igualmente atraída por las tareas imposibles. La Lux Tour, con toda su ambición coreográfica, es una celebración de ese tipo de dificultad: del virtuosismo que no nace, sino que se gana a base de sudor.
Taylor Swift y Travis Kelce, protagonistas de una boda real en EE. UU.

Taylor Swift y Travis Kelce, protagonistas de una boda real en EE. UU.
Las bodas reales pueden unir linajes o imperios, pero siempre actualizan y reafirman una identidad nacional. El enlace entre la estrella del pop y el futbolista trasciende fronteras y anuncia un poder cultural hegemónico.
Taylor Swift y Travis Kelce celebraron su boda, y el colofón de un noviazgo muy mediático, con un evento repleto de estrellas en el Madison Square GardenCredit…John Locher/Associated Press
- 0
Por Amanda Hess, New York Times
4 de julio de 2026
Según todas las fuentes, Taylor Swift y Travis Kelce se han casado. Tras un año de rumores, especulaciones y apuestas en los mercados de predicción sobre dónde celebraría la pareja el evento, no lo hicieron ni en la mansión junto al mar de Swift en Rhode Island, ni en su complejo de TriBeCa. Al final, han decidido casarse en el trabajo: en el recinto deportivo y de entretenimiento donde Swift actuó por primera vez a los 13 años.
El enlace Swift-Kelce en el Madison Square Garden ha sido descrito como la versión estadounidense de una boda de la realeza. Al coincidir con el 250 aniversario de nuestro rompimiento con el Imperio Británico, merece la pena preguntarse qué significa eso.
La idea de una “realeza americana” rechaza la existencia de una línea hereditaria de figuras simbólicas, pero toma prestada la noción de que una persona, gracias a su belleza, romance, talento y esfuerzo, puede llegar a regentar a una multitud que la adora. Nuestra versión se desarrolla como una experiencia simulada inmersiva protagonizada por avatares de famosos. Las bodas reales pueden unir linajes o fusionar imperios, pero siempre actualizan y reafirman una identidad nacional. Esta boda real entre la estrella del pop y el futbolista, es un evento que trasciende fronteras y anuncia un poder cultural hegemónico.
Sin duda, también se trata de una fiesta privada, la celebración del amor entre dos seres humanos. Este evento desdibuja la distinción entre lo público y lo personal, lo exclusivo y lo ubicuo. Aunque se llevó a cabo en el corazón de Midtown Manhattan, el sitio mismo donde convergen tres redes de ferrocarril, el festejo quedó protegido al interior de los muros fortificados de la arena.

Swift ha actuado numerosas veces en el Garden, pero en años recientes sus conciertos se han llevado a cabo en el estadio MetLife en la cercana Nueva Jersey, un recinto que alberga el cuádruple de espectadores. Es, tal vez, una de las pocas personas en el planeta Tierra para quien este lugar puede representar una sede íntima y Kelce es otra de esas personas. Es demasiado pequeño incluso para un campo de fútbol americano, el escenario clave en el que llevaron a cabo la performance de su relación para el público, que observábamos a Swift mirar a Kelce desde el interior de una suite VIP de cristal.
Al igual que la música de Swift se ha vuelto ineludible —suena en el aeropuerto, en el Starbucks, en el Starbucks del aeropuerto—, parece inevitable que prestemos atención a su boda. Como si estuviera predestinado. Los medios retransmitieron en directo el tedioso espectáculo de montacargas metiendo cajas en el edificio. Los coches negros avanzaron lentamente hacia el lugar, con jugadores de fútbol americano, mejores amigos del instituto y Mariska Hargitay a bordo. Los turistas se acercaron al recinto, los críticos se quejaron en X y el alcalde Mamdani aprovechó el interés para recordar a los neoyorquinos que se mantengan frescos en casa durante la ola de calor, estén o no en el Garden. Adam Sandler ofició la boda.



Los fans aguantaron un calor enorme con la esperanza de ver a algún famoso, pero también para apoyar a Swift en este momento tan especial.Credit…Natalie Keyssar para The New York Times.
Se pudo dar mil vueltas a los detalles o soñar con ellos, pero no se ignoraron. Cada primicia de TMZ, cada foto de los paparazzi, cada rumor filtrado se convirtió en un avance del próximo álbum, que inevitablemente irá desvelando las capas del ciclo de la prensa sensacionalista que acaba de terminar.
Cuando un miembro de la realeza británica se casa, al público se le incluye en la ceremonia y se le invita a formarse en el trayecto que va hacia el Palacio de Buckingham o a sintonizar la emisión en directo con los interlocutores periodísticos. Si el pueblo estadounidense va a ser testigo de cualquier parte de esto será posiblemente porque Swift y Kelce ya lo han empaquetado y monetizado, ya sea a través de música, cine, pódcasts, artículos promocionales o experiencias de conciertos.
Y eso sería lo adecuado, ya que a nuestros pseudorreyes no se les elige por su cuna, sino por sus ingresos. Los británicos son de cuna noble, y los nuestros se han hecho a sí mismos, con énfasis en el “yo”. Mientras que la monarquía siempre recurre a la tradición y a las insignias reales, Swift ha conseguido crear un universo que solo gira en torno a ella misma. Incluso sus idiosincracias más banales —su número de la suerte es el 13— se han colado en la cultura, aunque no tengan ningún sentido fuera del contexto de su propia persona. Su sueño americano se repite una y otra vez, ya sea cuando vuelve a grabar sus álbumes originales en una imitación de sí misma nota a nota u organiza la gira “Eras Tour”, que batió récords y recreó su vida y su carrera noche tras noche.
Entre más personal se pone, más inmersiva se siente la experiencia de la celebridad. Lo cual no quiere decir que todo el mundo la adore. En una época de gran polarización, Swift se ha convertido en un símbolo de los debates sobre género y raza, persona y producto, amor y dinero. Tiene el poder de infundir orgullo o vergüenza, éxtasis o frustración. Es nuestra representante en el mundo de la fantasía, te guste o no. Nuestra chica de a pie.
En su música, Swift lleva mucho tiempo imaginándose a sí misma entre la realeza y la nobleza. Canta sobre coronas, trofeos, joyas, tronos, palacios, damiselas, espadas, puertas, caballos, castillos y reinos. Los añade a su vision board junto a imágenes de una cultura estadounidense desenfrenada: la secundaria, los pantalones vaqueros, las gorras de béisbol, los Range Rover y las máquinas expendedoras.

En “Love Story”, aquel primer éxito en el que se imaginó a sí misma en una fantasía al estilo de “Romeo y Julieta” (una que no termina en un suicidio doble, sino con un compromiso de boda), le dice a su pretendiente que se meta en el papel, cantando: “Tú serás el príncipe y yo seré la princesa”. Pero solo unas cuantas canciones más adelante, en “White Horse”, se lamenta: “No soy una princesa, esto no es un cuento de hadas, no soy la chica a la que vas a enamorar y subir cargando por la escalera”. Swift desmonta su fantasía tan pronto como la construye, devolviéndose a sí misma, una de las mujeres más ricas de Estados Unidos por mérito propio, para siempre a la condición de humilde soñadora.
Luego está Kelce, su consorte. Después de componer un montón de canciones sobre sus relaciones con otros artistas comerciales (entre ellos Joe Jonas, Taylor Lautner, John Mayer, Jake Gyllenhaal, Harry Styles, Tom Hiddleston, Joe Alwyn y Matty Healy), Swift ha decidido casarse con un arquetipo estadounidense más contundente: el campeón del Super Bowl. Desde “Fifteen”, esa balada magistral que compuso cuando aún era una adolescente, ha cantado, con cierta ambivalencia, sobre andar de novia con el chico del equipo de fútbol americano. Su relación forja una alianza entre el grupo de chicas y el de chicos de la cultura pop, lo que enriquece a todas las partes.
Después de que Kelce le pidió matrimonio a Swift, el precio de venta de las camisetas de él pareció dar saltos de júbilo. En el anuncio de su compromiso en Instagram ella escribió: “Tu maestra de inglés y tu maestro de educación física se van a casar”. Incluso cuando alcanza uno de los hitos de la adultez, Swift se regodea en el mundo adolescente, un mundo donde las reglas sociales son simplificadas, todos reciben una calificación y las fantasías de la infancia apenas empiezan a deteriorarse.

La palabra clave en el pie de foto de Instagram fue “tu”, que da a entender que ella y Kelce nos pertenecen. Es todo un espectáculo parasocial; da un poco la sensación de que nuestras Barbies se han casado. Con esta boda, vimos a la estrella del pop adentrarse en uno de sus recursos líricos más recurrentes.
La constante referencia a las bodas en su obra no refleja una obsesión personal por casarse, sino un uso inteligente de una idea con temas universalmente reconocibles: el romance, la ceremonia, el espectáculo y el aumento de la tensión. En “Fifteen”, se decía a sí misma: “En tu vida harás cosas más importantes que salir con el chico del equipo de fútbol”. Ahora ha conseguido que salir con el chico del equipo de fútbol se convierta en algo más importante que la propia relación. Esa teoría descabellada de los fans, difundida por la prensa del corazón el año pasado, de que casarse con Kelce podría acabar con la carrera musical de Swift era ridícula. Casarse con él solo aumenta su riqueza y su ambición.
La celebración en el Madison Square Garden ha suscitado algunas quejas entre los espectadores de todo el país. Algunos lo ven como una afrenta a la santidad del matrimonio; algunos, como la capitulación definitiva de la vida privada ante las garras de la creación de contenido, otros como un derroche grotesco. Pero esto es Estados Unidos, donde incluso una boda normal y corriente —sobre todo para la generación de milénials a la que lidera Swift— se acepta, a veces a regañadientes, como una expresión mercantilizada del ser. Si ella es la reina de algo, es de eso.
Amanda Hess es redactora del Times.
