Reportaje BBC: “Los terremotos marcan a los países durante décadas y las consecuencias emocionales se llevan para siempre”/ Qué sentí al volver a La Guaira y ver que el lugar en el que nací está ahora devastado y con cadáveres apilados

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Pie de foto,Equipos de rescate llegados de todo el mundo han trabajado sin descanso buscando sobrevivientes entre los escombros.

Susana Arroyo estuvo en el terremoto de Pisco, en Perú, de 2007, en los dos terremotos en Haití de 2010 y 2021, y en otros desastres que en las últimas décadas han azotado América Latina.

Estos días, la portavoz de Cruz Roja Internacional, se mueve entre Caracas y La Guaira tratando de asistir a los más de 10.000 heridos y miles más de damnificados por el doble sismo que azotó Venezuela el 24 de junio.

Lo que ve en las calles es que el miedo persiste.

“No quieren volver a las viviendas, pero al mismo tiempo no quieren separarse de ellas porque están esperando para recibir a sus muertos. Entonces, la sensación por momentos es de desafío titánico”, dice en conversación con BBC Mundo.

Arroyo también ha participado en los equipos de ayuda de Cruz Roja Internacional que, en la sombra, organizan la logística para que la respuesta a distintas catástrofes sea lo más rápida posible.

Lo primero que comenta al hablar con BBC Mundo es cómo las imágenes de los planos aéreos en Venezuela nos muestran toda la magnitud de la destrucción material, las estructuras colapsadas y los edificios que ya no están.

“Pero cuando recorremos a pie las zonas nos topamos de frente con las personas y su dolor. Y es cuando todo se vuelve sobrecogedor. Porque adquiere rostro, porque entonces nos damos cuenta de que no solo se perdieron las viviendas. Se perdieron los amigos, los vecinos, los animales de compañía, los negocios de años”, explica.

Y reconoce que muchas veces los equipos sienten mucha frustración. “Se nos cae el mundo encima”.

La portavoz de la Cruz Roja Internacional, Susana Arroyo, con el chaleco y la gorra roja que la distingue como personal de la organización.
Pie de foto,La portavoz de la Cruz Roja Internacional, Susana Arroyo, lleva más de una semana trabajando en La Guaira.

¿Qué es lo más necesario ahora mismo en las zonas afectadas por el terremoto?

El sistema de distribución de agua está completamente colapsado, y lo mismo el alcantarillado o el sistema de gestión de aguas residuales.

Una de nuestras vías de trabajo en la Cruz Roja es tratar de dar acceso a agua limpia porque es indispensable para evitar brotes de enfermedades diarreicas o de enfermedades relacionadas con vectores.

La gente en este momento depende completamente del agua embotellada. Para todo, para asearse, para lavarse las manos, los dientes, para cocinar, quienes es están en la posibilidad de hacerlo. Hay muy pocos los lugares para ir al baño y para hacerlo con privacidad, con dignidad.

Queremos asegurarnos de que haya vigilancia epidemiológica para evitar una crisis de salud pública.

¿Hacia dónde está canalizando la ayuda La Cruz Roja Internacional?

En un primer momento atendimos lesiones relacionadas con el derrumbe de los edificios, los politraumatismos, las fracturas, esguinces, cortaduras, ataques de pánico y ansiedad.

Hemos centrado casi todos los esfuerzos en zona de La Guaira porque la destrucción en los municipios de Caraballeda y en Catia La Mar es total, pero igual está Falcón y están otras áreas donde es indispensable poder hacer las evaluaciones de daños y entender qué necesita la gente damnificada ahí.

Las personas tienen mucho miedo. No quieren volver a las viviendas pero al mismo tiempo no quieren separarse de sus edificios porque están esperando para recibir a sus muertos. Entonces, la sensación por momentos es de desafío titánico.

Voluntarios organizan donaciones para los afectados por los terremotos en un centro de recolección en Caracas, Venezuela, 26 de junio de 2026
Pie de foto,La Guaira sufrió la mayor parte de los daños y las muertes, pero las repercusiones se extienden a lo largo de cinco estados.

¿Puede hacer frente el sistema de salud venezolano a una catástrofe de esta magnitud?

Los servicios que prestamos dependen mucho de cuáles son las condiciones de vulnerabilidad persistentes en los países donde hay desastres. Entonces, si ya había situaciones de saturación de los sistemas de salud o, por ejemplo, de acceso limitado al agua, el recorrido va a ser un poco más lento.

Sabemos que el sistema de salud de Venezuela y los hospitales y los centros de atención en La Guaira ya enfrentaban desafíos importantes antes de la emergencia.

Pero nuestra idea no es venir aquí a sustituir a los servicios de salud de un país, sino a complementar y garantizar que en este momento de pico y de estrés, que probablemente tendría colapsado a cualquier sistema de salud, la atención continúe. La red de atención está sobresaturada por la magnitud de la emergencia.

¿Sentís que la ayuda internacional se ha volcado con Venezuela? ¿Es suficiente? ¿Qué más hace falta?

Sí, la solidaridad es abrumadora y eso es una buenísima noticia. La gente fuera está muy conmovida al ver las imágenes y al ver ese dolor, y entiende la dimensión y la urgencia, y se moviliza como puede. El desafío es canalizar esa solidaridad de manera que pueda llegar de manera ágil, dados los desafíos logísticos. Y además, que sea una solidaridad traducida en ayuda que realmente se ajuste a las necesidades de la población.

Se han organizado centros de acopio en muchos países donde la gente reúne comida, reúne ropa, alimento para animales, etcétera. Mover todo eso hacia Venezuela es un desafío logístico importante, cuesta dinero y toma tiempo. Entonces, siempre que sea posible y esté dentro de las posibilidades de la población, pues la recomendación es que haga donaciones en efectivo para que pasen tres cosas.

Una, que se puedan adquirir los insumos que se ajusten a las necesidades. Dos, para que la ayuda pueda llegar más rápido porque se eliminan todas las barreras logísticas del envío. Y tres, para dinamizar el mercado local, porque cuando se puede comprar en el país afectado, eso contribuye a que poco a poco se recupere la dinámica económica.

Una persona es ingresada en la sala de urgencias del hospital Pérez Carreño mientras continúan las operaciones de búsqueda y rescate tras los terremotos.
Pie de foto,El sistema sanitario de Venezuela está sometido a una presión considerable, dijo la Organización Mundial de la Salud.

¿Hay zonas a las que todavía no ha llegado la ayuda?

Hay zonas donde los escombros no permiten el recorrido completo y por lo tanto las entregas pueden ser complejas. Y hasta que no se establezcan albergues para los damnificados, la entrega no va a ser tan ágil.

Tenemos más información de los lugares que están cerca de Caracas, La Guaira, por ejemplo, o del Gran Caracas. Pero es importante ahora entender qué pasó en Falcón o qué pasó en otros lugares porque no ha llegado ahí.

En términos de avance de un camión de distribución de ayuda, hay zonas o carreteras dentro de la misma Guaira por donde no pueden circular porque es materialmente imposible, porque todavía no se ha hecho la limpieza de escombros.

Y es lo normal porque en esta fase todavía están en marcha las tareas de rescate. La limpieza de escombros aún no da inicio.

Personas desplazadas por los terremotos que sacudieron el país el 24 de junio viven en tiendas de campaña en un parque de Caracas, Venezuela.
Pie de foto,Las fotos de campamentos improvisados en las zonas afectadas muestran que las condiciones en las que se encuentran los damnificados son difíciles.

¿Cuál sería el mayor desafío logístico ahora mismo?

Nosotros enviamos 17 toneladas de ayuda el viernes desde Panamá, donde tenemos un centro logístico humanitario. El avión llegó a la base aérea El Libertador, que queda entre Caracas y Valencia, y desde ahí se trasladaron por tierra a los almacenes de la Federación Internacional de la Cruz Roja aquí en Caracas. Y ese circuito se pudo hacer sin problema.

El problema en la logística de la entrega de la ayuda llega cuando se donan masivamente lo que se llama “ayuda no solicitada”. Esos alimentos o ropa que dona la gente tiene que pasar por un proceso de clasificación, adecuarse a las condiciones de preparación de alimentos que haya en la zona. Lo mismo con la ropa, que se tiene que poner por tallas. Todo eso consume recursos de tiempo, en personas para clasificarla y que después se pueda distribuir.

¿Cómo se recuperará Venezuela de este golpe?

Los terremotos nos han enseñado que marcan a los países durante décadas, que la recuperación puede tardar años y que las consecuencias emocionales se llevan para siempre. Dos movimientos de la tierra en un minuto han cambiado por completo la vida de generaciones venezolanas.

Las niñas y niños que perdieron a toda su familia, las personas que perdieron su negocio de toda la vida, las que tienen que volver a empezar en una zona que además recordemos que sufrió también la tragedia de Vargas en 1999. Mucha gente nos repite estos días por la calle “¿por qué otra vez?”.

Por poner un ejemplo, una oficina local de la Cruz Roja venezolana en otro lugar que no es zona afectada por los terremotos nos escribió hace poco para que les mandemos algunos insumos para acompañar a familias que se han desplazado desde La Guaira hacia ese otro estado. Es decir, ese otro estado, aunque no sufrió materialmente las consecuencias del terremoto, pues también podría ser necesaria una intervención humanitaria.

Una mujer llora y un hombre la abraza, mientras aguardan en el parque Alí Primera, en el oeste de Caracas.
Pie de foto,El gobierno de Venezuela habilitó la línea 0-800-AYUDA01 para brindar primeros auxilios psicológicos a sus ciudadanos.

¿Crees que hay algún paralelismo entre el doble terremoto de Venezuela y los de Haití o Pisco u otros desastres naturales en los que estuviste?

Para mí, algo que tiene este desastre, que yo no he visto tanto en otros, es que es una suerte de desastre transnacional.

El duelo es colectivo. La gente está consternada y siente como suya la pérdida.

Quien está afuera está en duelo también. La gente vive ese dolor de ver a su país y siente la impotencia de estar lejos y de que nada de lo que haga es suficiente. Hay personas que están viviendo la tragedia como propia.

Nuestros equipos de Cruz Roja colombiana nos dicen: la gente aquí vive la emergencia como si fuera local, se siente como una emergencia que pasó en Colombia. Y es normal porque el país que alberga la mayor cantidad de migrantes venezolanos en el mundo.

Tenemos un servicio activado en 11 países de América para ayudar a la población venezolana viviendo fuera. Muchos están desesperados por conseguir información y necesitan contactarse con su gente. Están muy afectados.

Nos explicaban también aquí los especialistas en apoyo psicosocial, que hay una sensación de una suerte de mezcla entre duelo y culpa que es común.

Por ejemplo, hay gente que siente culpa por haber sobrevivido. Gente que salió de su casa a hacer un recado y en su casa quedó el resto de la familia. Ellos se salvaron y todos los demás se murieron, y se sienten muy mal de haber sobrevivido.

Qué sentí al volver a La Guaira y ver que el lugar en el que nací está ahora devastado y con cadáveres apilados

Rescatistas

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    • Autor,Norberto Paredes
    • Título del autor,BBC News Mundo
    • Informa desde,Enviado Especial a La Guaira, Venezuela
  • 4 de julio 2026

Aunque crecí en Caracas, nací en La Guaira, un lugar al que siempre regresé y del que guardo algunos de mis recuerdos más felices. Por ello, volver ahora y ver la destrucción provocada por los terremotos de la pasada semana me dejó una profunda impresión.

Recuerdo los fines de semana cómo me emocionaba de niño cuando mi mamá me despertaba temprano para decirme que íbamos a pasar el día en La Guaira, a la casa de mi abuela.

Era, como para muchos venezolanos, sinónimo de playa, sol y diversión. Para mí, además, lo era de familia, e incluso del lugar donde pasábamos las Navidades.

Más tarde, en la adolescencia, mi relación con La Guaira cambió. Ya no iba solo con mi mamá, sino con amigos.

Buscábamos la manera de bajar desde el valle de Caracas hasta la playa: cualquier forma de hacer ese recorrido de 45 minutos cuando aún no podíamos conducir. Comprábamos lo necesario para pasar el día entero y volvíamos al caer la noche, intentando aprovechar cada minuto de sol.

Un par de veces me fui sin pedir permiso; al regresar, mi madre me miraba de reojo al verme bronceado. Me preguntaba dónde había estado, pero ya sabía la respuesta.

Incluso después de irme del país, La Guaira siguió presente. El aeropuerto de Maiquetía es la principal puerta de entrada y salida de Venezuela, así que lo primero que veo al volver al país es eso: el mar y la gran montaña que separa La Guaira de Caracas.

Por eso, estar hoy aquí es difícil de asimilar para mí y para cualquier venezolano.

La magnitud de la destrucción es impresionante. De La Guaira que conocí queda muy poco, apenas vestigios de una ciudad completamente transformada por dos terremotos que, en menos de un minuto, lo cambiaron todo.

Título del video,La Guaira: cómo los terremotos devastaron el lugar donde nací

Cientos de edificios colapsaron en la región. El gobierno habla de miles de víctimas y hay estimaciones de decenas de miles de desaparecidos. Pero la realidad es que la cifra sigue siendo incierta. Algunos hablan de más de 50.000 personas desaparecidas.

El coordinador residente de la ONU en Venezuela, Gianluca Rampolla del Tindaro, señaló este martes que, aunque todavía se están rescatando sobrevivientes de entre los escombros, ya se encuentran en proceso de adquirir 10.000 bolsas para cadáveres.

Playa Los Corales
Pie de foto,Playa Los Corales.

Otra Venezuela

Uno de mis recuerdos de infancia más recurrentes —y que todavía hoy me transmite tranquilidad— es el de los domingos en La Guaira. Después de pasar el día entero jugando con mis primos, regresábamos a Caracas ya muy de noche. Yo iba tan cansado que me quedaba dormido apenas me sentaba en el asiento del vehículo, y mi madre me despertaba al llegar a casa.

Aquella era otra Venezuela. Otra Guaira.

Ya no era la “Venezuela saudita” del boom petrolero de los 70 —cuando la moneda era tan fuerte que muchos viajaban a Miami a gastar sin medida—, pero el país todavía arrastraba algo de aquella prosperidad.

Había pasado el Viernes Negro y la crisis que le siguió, pero durante los 90 aún quedaban rastros de una vida más estable. De eso todavía tengo recuerdos.

Era un país con menos inseguridad, donde se podía viajar de noche sin miedo, algo que cambiaría drásticamente años después.

Y era una Guaira que aún no había sido golpeada por la tragedia de Vargas de 1999, cuando las lluvias torrenciales provocaron deslaves e inundaciones que dejaron miles de muertos. Hasta hoy, el número exacto de víctimas no se conoce y las estimaciones llegan hasta los 50.000.

Tampoco se sabe con precisión cuántas personas perdieron sus hogares, aunque se habla de decenas de miles. Mi abuela fue una de ellas.

Nunca volvimos a pasar Navidad en aquella casa con vista al mar Caribe, tan presente en mi infancia.

La Guaira de mis recuerdos tampoco había sido aún golpeada por la crisis económica, política y social que llegaría una década después y que hoy ha dejado profundas huellas en el país.

Cuando muchos venezolanos empezaban a recuperarse de ella, esta nueva tragedia amenaza con profundizarla.

Residencias Vistamar con un atardecer intenso, frente a playa El Yate, Caraballeda. Se ven rescatistas trabajando.
Pie de foto,A una semana de la catástrofe, muchos venezolanos aún guardaban las esperanzas de encontrar sobrevivientes.

Humor y solidaridad

Mientras reportaba sobre los terremotos, me ocurrió algo inesperado. Caminando por un campo de damnificados, reconocí un rostro. Era la hija de una vecina de mi abuela. Ahora tiene dos hijos.

Me dijo que me había visto minutos antes, pero que le había dado pena acercarse. Pena de que la viera allí. De que viera en lo que se había convertido su vida tras los terremotos y años de crisis.

Habló con una ligereza que sorprendería a muchos, pero no a un venezolano. Me he dado cuenta de que incluso ante tanta adversidad, muchos recurrimos al humor para hablar de lo más duro. Para no quebrarnos, para salir adelante.

Eso lo he confirmado durante mis visitas a La Guaira estos días. Varias de las personas que entrevisté —algunas con familiares aún bajo los escombros— no dudaron en reírse de su propio aspecto tras pasar días sin dormir.

Uno de los lugares que visité fue Playa Los Cocos, donde muchos caraqueños iban cada fin de semana. Recuerdo sus restaurantes, sus hoteles, las fiestas.

Hoy solo quedan escombros. Vigas expuestas. Concreto reducido a polvo. Y la emblemática playa está evidentemente desierta.

Alí Rodríguez, un mototaxista de 50 años, junto al periodista de BBC Mundo Norberto Paredes.
Pie de foto,Muchos familiares aún siguen buscando a sus seres queridos a una semana de la tragedia.

La tragedia no ha borrado el carácter de la gente. Más allá del dolor, la rabia y la pérdida, lo que más me ha marcado es cómo ha reforzado una característica que muchos asocian con los venezolanos: la abrumadora solidaridad.

He hablado con personas que han viajado desde otras regiones del país para remover escombros de edificios cuyos nombres ni siquiera conocen. No buscan a nadie en particular. Solo quieren ayudar.

Otros, que no pueden hacerlo físicamente, colaboran como pueden. Hay grupos que se levantan de madrugada en Caracas para cocinar cientos de arepas y repartirlas en La Guaira. Otros llevan café, agua, ropa.

El Domo José María Vargas, antes sede de eventos deportivos, se ha convertido en un gran centro de acopio. Allí, cientos de personas que lo perdieron todo duermen ahora en carpas o sobre colchones. Muchos repiten lo mismo: lo importante es que están vivos.

También ahí se ve otra forma de solidaridad: mujeres que intentan animar a los niños afectados, muchos de los cuales perdieron a sus padres. Con juegos y palabras tratan de sacarles una sonrisa. A veces lo logran.

“¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno?”

Tenía nueve años cuando ocurrió la tragedia de Vargas en 1999 y la viví de cerca. Mi familia participó durante días en las labores de ayuda a los damnificados. Recuerdo a mi madre bajar cada día con el rostro tenso y agotado, llevando comida a muchos de los afectados, amigos y familiares. A esa edad, yo me quedaba en casa siguiendo los acontecimientos por televisión.

Pero esta vez hay algo distinto. Esta tragedia ocurre en un momento en el que Venezuela intentaba levantarse de una profunda crisis que ha obligado a millones a emigrar y ha deteriorado la vida de los que se quedaron. Y eso hace que el golpe se sienta aún más fuerte.

Llegué un día y medio después de los terremotos y rápidamente me mantuve sumamente ocupado, intentando sostenerme. Pero cada día pesa más.

La séptima mañana después del terremoto, escuché en la radio a una periodista de un medio local que rompió a llorar en vivo. “¿Por qué nos pasa esto si somos un pueblo bueno y trabajador?”, preguntó mientras trataba, sin éxito, de contener las lágrimas. Decía que era una mujer joven que llevaba años luchando por salir adelante, pero que siente que es una tragedia tras otra.

Ese momento me desarmó.

Rescatistas catarís y venezolanos frente a unos edificios derrumbados.

El olor a muerte

Fui a Los Silos, una estructura icónica de 36 metros que domina el horizonte del centro histórico de La Guaira y que fue intervenida por el artista cinético Carlos Cruz-Diez. Ante el número de muertos, fue habilitada como una morgue improvisada.

Al entrar, el olor a muerte lo invade todo.

Cientos de personas llegan en busca de sus familiares. Los cuerpos yacen sobre la tierra, expuestos y cubiertos con bolsas de plástico, descomponiéndose rápidamente bajo el sol. Afuera, alguien susurró que aquello parecía una película de terror.

Los familiares intentaban identificar a las víctimas, pero muchas ya son irreconocibles.

No solo el olor. También los sonidos de La Guaira han cambiado.

Antes se escuchaban las olas del mar, a veces mezcladas con conversaciones y, en otros momentos, con salsa o reguetón que salía de los restaurantes y bares de la zona, o de los carros y autobuses que transportaban a vacacionistas y locales a lo largo de la costa.

Ahora domina el ruido de la maquinaria, los gritos de quienes buscan a sus familiares. Y, en muchos momentos, el silencio, que es una herramienta: los rescatistas se detienen para escuchar si hay señales de vida bajo los escombros.

Pero otras veces el silencio es puro shock.

He recorrido hospitales donde familias buscan desesperadamente a sus seres queridos.

También he hablado con sobrevivientes que pasaron horas atrapados y que ahora viven con miedo. Ha habido cientos de réplicas.

Yo mismo sentí una. La mañana del 29 de junio un temblor me despertó a las 7:00 de la mañana. Pasé horas en alerta, dudando incluso de mis propios sentidos y de si acababa de sentir otro.

Muchos amigos que vivieron el del 24 de junio aún sienten en la cama que el mundo se mueve.

Una mujer de 35 años me contó que salió corriendo con sus dos hijas cuando comenzó el temblor ese miércoles. Su edificio se fracturó, pero sigue en pie. Fue uno de los pocos de la zona de Caraballeda, en La Guaira, que no cedió.

Me dijo que intenta mantenerse fuerte por sus niñas, como lo hizo su madre por ella durante la tragedia de 1999, cuando ella tenía sólo 9 años.

La Guaira, que siempre fue un escape para los caraqueños, hoy es un lugar marcado por la angustia.

“Nos levantaremos, como lo hicimos después de la tragedia de Vargas”, me dicen.

Yo tenía 9 años entonces.

Hoy, viendo el nivel de destrucción, me pregunto cuánto tiempo tomará esta vez levantarse. Y qué pasará con las miles de personas que ya no tienen hogar, en un país donde las crisis y las tragedias se suceden.

Nunca había visto a mi país sufrir así.

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