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Ser comunista en Chile no es lo mismo que en otros lugares. Acá, para poner el ejemplo más claro, el comunismo contó con adeptos de fama internacional como Pablo Neruda, Víctor Jara o Violeta Parra.
Mientras que en casi toda la región el Partido Comunista (PC) es una fuerza marginal supeditada a grandes coaliciones, en Chile tiene poder, bases consolidadas y, ahora, una candidata en la segunda vuelta presidencial.
Se trata de Jeannette Jara, una militante del ala menos ortodoxa del partido que ganó este domingo la primera vuelta, con el 26% de los votos, y ahora se enfrentará en el balotaje, el 14 de diciembre, a José Antonio Kast (24%).
En junio, Jara arrasó en las primarias de la izquierda en lo que para muchos fue una sorpresa, precisamente por ser comunista.
La exministra de Trabajo del gobierno de Gabriel Boric hizo una campaña despojada de la vieja etiqueta marxista: los colores rojos, los símbolos del martillo y la hoz y el discurso de lucha proletaria fueron remplazados por una tierna estética kawaii de rosados y azules y una promesa por mejorar las condiciones de vida básicas de los chilenos.
Incluso su campaña, ya convertida en una coalición de nueve partidos, fortaleció su mensaje sobre la seguridad, la mayor preocupación actual de la gente y parte de la razón por la que Kast es favorito.
“Jara, y las otras referentes de esta ala moderna del partido como (la actual vocera del gobierno) Camila Vallejo y (la diputada) Carol Cariola, representan una forma del comunismo que acepta el diálogo y otras fórmulas de solución con tal de mejorar el contexto del pueblo”, explica a BBC Mundo Ximena Jara, una analista política experta en narrativas.
“En Chile, en realidad, el PC es un partido más”, añade.
Un partido que nunca buscó derrocar la democracia ni apoyó movimientos insurgentes ni se subordinó, totalmente, a la Unión Soviética. Un comunismo a la chilena: institucional, ordenado, dialogante.

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Un partido incremental
Como todos los PC del Cono Sur, la historia del chileno empieza en los años 20, cuando surgieron los movimientos obreros en medio de la industrialización.
En Chile, en ese momento, la industria salitrera estaba en apogeo y muchos de sus trabajadores fueron los primeros comunistas.
Luego el movimiento se hizo fuerte en los sindicatos del carbón, los textiles y los puertos y recibió el apoyo de grandes figuras de la cultura popular como Neruda.
En los 60, el PC fue una pieza clave de la Unión Popular que llegó al poder en 1970 bajo la batuta de Salvador Allende.
“Era el partido más ordenado de la coalición”, dice el analista Cristóbal Bellolio. “A diferencia del Partido Socialista, el PC era el disciplinado, el que no quería tensionar a la sociedad, el más institucional”.
Pero luego, tras el golpe de Estado liderado por Augusto Pinochet en 1973, los papeles se invirtieron: “El PS se renueva, se acerca a sus homólogos europeos y hace las paces con la economía burguesa, mientras que el PC, que sufrió la mayor represión, se radicalizó, y en la transición democrática no creyó en el plebiscito (que acabó con la dictadura) y se mantuvo al margen del proceso”.

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Durante el régimen pinochetista el PC pasó a la clandestinidad. Unos 500 de sus militantes fueron asesinados o desaparecidos. Y, tras el retorno pactado a la democracia en 1990, el partido prefirió concentrar sus fuerzas en las bases, la calle, los sindicatos, en lugar de ser parte del Congreso.
Hasta que en 2005 el PC da un vuelco a su estrategia tras la muerte de Gladys Marín, su matrona ortodoxa, y la llegada de Guillermo Teillier, un escritor y profesor que inauguró una era de diálogo con la centroizquierda y sentó las bases para la gradual introducción del PC al sistema político.
“Con una pata en el sistema y otra en la calle, poco a poco fueron ganando espacio, no preocupados por la conquista del poder, sino de aumentar su influencia”, dice Bellolio. “Es un partido incremental”.
Keneth Bunker, también politólogo, lo pone así: “Más que por una demanda de la gente por un partido comunista, ganaron espacio porque supieron negociar y armar listas y desarrollaron una técnica política para entrar al poder”.
Rolando Álvarez, un historiador estudioso del comunismo, añade: “A diferencia de lo que se creía, que eran pura ortodoxia, que eran obsoletos, tuvieron capacidad de adaptación, en lo ideológico y material, y eso tiene su punto de llegada en 2011 con el inicio del estallido social y el surgimiento de una nueva generación de militantes comunistas”.

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Un comunismo en el poder
Esa nueva generación incluyó a Camila Vallejo, una joven geógrafa y líder estudiantil que se hizo prominente durante las protestas contra el neoliberalismo, la corrupción y la desigualad. Y era del PC.
En solo 10 años, esa generación pasó de las aulas y las calles y la militancia, al poder.
El PC ya había hecho parte del segundo gobierno de la izquierdista Michelle Bachelet, entre 2014 y 2018, con dos ministerios.
Y con la victoria de Gabriel Boric en 2021 llegó a tener tres ministerios y una representación parlamentaria inédita: 10 diputados y 2 senadores.
El paulatino ascenso del PC ahora se enfrenta a su examen más importante con la candidatura de Jara, cuyo éxito, en parte, depende de su capacidad de desmarcarse no solo de la etiqueta comunista, sino del gobierno de Boric, que es mal valorado por la mayoría de los chilenos.
Bunker, experto en análisis de encuestas, asegura: “Jara no ha logrado sacudirse de su afiliación al PC. Es un símbolo muy potente y algo que para muchos votantes es una línea que no se cruza”.
Para una candidatura que según algunos “nació muerta” ante un electorado derechizado, el perfil pragmático y moderno de Jara permite mantener viva la esperanza de la izquierda.
La candidata ha matizado sus posiciones sobre las revoluciones cubana y chavista, fenómenos de corte autoritario, que el ala ortodoxa del partido se niega a criticar. También ha hablado de aumentar la seguridad, dialogar con las empresas y fortalecer el control migratorio.
Al tiempo, el perfil de comunista —sumado al rechazo de Boric— es precisamente lo que le impide a la exministra aumentar su caudal electoral más allá de la base que suele apoyar a la izquierda.
Y ese será su reto en la segunda vuelta, en la que se espera que el voto de los tres candidatos de derecha se concentre en Kast y con eso sea suficiente para lograr el triunfo.
Tanto es así que una de las grandes incógnitas de cara a la segunda vuelta es si la candidata suspende su afiliación al PC.
Aun cuando en Chile es distinto, la etiqueta de comunista aún es para muchos una razón para no votar por la izquierda.

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Cómo es la derecha que representa José Antonio Kast en Chile (y cómo se compara con la de Trump, Milei y Bukele)

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El pasaje de José Antonio Kast al balotaje presidencial de Chile ha revivido una cuestión trascendental para este país: ¿qué tipo de derecha representa exactamente su figura?
Desde hace tiempo, la derecha de Kast suele ser ubicada en el espectro ideológico chileno con las etiquetas de “ultra” o “extrema”, para diferenciarla del conservadurismo tradicional de su país.
No obstante, este abogado de 59 años ha rechazado esos adjetivos en distintas ocasiones.
“Algunos dicen que soy extremo. Y siempre les pregunto: ¿extremo en qué?”, dijo Kast en 2021, cuando también alcanzó el balotaje y fue derrotado por el actual presidente izquierdista de Chile, Gabriel Boric.
Esta vez, Kast enfrentará en la segunda vuelta del 14 de diciembre a la comunista Jeannette Jara, que el domingo obtuvo casi 27% de los votos como candidata del oficialismo y lo superó por cerca de tres puntos porcentuales.
Kast también tiene afinidades claras con presidentes que han transformado de forma radical las derechas de sus países, como el estadounidense Donald Trump, el argentino Javier Milei o el salvadoreño Nayib Bukele.
Pero guarda algunas diferencias importantes con cada uno de ellos.
De hecho, el Kast de esta campaña ni siquiera se parece del todo al Kast de la elección pasada, aunque mantenga intactas sus convicciones políticas y religiosas.
Entonces, ¿hasta qué punto lidera una derecha diferente a la que gobernó Chile en el pasado?
“Más a la derecha”
El propio Kast se ha encargado de ubicarse más a la derecha del último presidente conservador chileno, Sebastián Piñera, quien gobernó en dos mandatos (2010-2014 y 2008-2022) y murió el año pasado.
Las de Piñera “eran nuestras ideas, pero muy, muy licuadas”, dijo Kast en enero a la emisora ADN Chile.
Piñera tuvo el apoyo de los partidos de derecha para ser el primer presidente conservador de Chile desde el retorno a la democracia en 1990, tras cuatro gobiernos de centroizquierda, pero también tuvo discrepancias de fondo con los sectores que hoy representa Kast.
Por ejemplo, Piñera recordaba que votó contra el dictador Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988 que permitió la vuelta a la democracia en el país.
Kast, en cambio, apoyó en ese momento la opción a favor de la continuidad de Pinochet y ha destacado diferentes aspectos de ese régimen militar que torturó y asesinó a miles de personas.
Si bien ha negado respaldar esas violaciones de derechos humanos, en el pasado sostuvo que Pinochet habría votado por él si estuviera vivo.
“Kast viene del núcleo más a la derecha de lo que se llama en Chile la derecha tradicional, que es una derecha que no ha tenido credenciales muy democráticas: es la derecha que respaldó a Pinochet”, sostiene Claudia Heiss, profesora de ciencia política en la Universidad de Chile.
Agrega que el candidato se distanció de los conservadores que se volvieron más pragmáticos y moderados al cogobernar o participar de acuerdos políticos tras el retorno a la democracia.

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Kast también buscó ser electo presidente en las elecciones de 2017, pero sacó apenas 8% de los votos.
Su desempeño electoral mejoró tras la ola de protestas que sacudió a Chile durante el segundo mandato de Piñera, que llevaría a intentos fallidos de reformar la Constitución aprobada bajo el régimen de Pinochet.
“Kast y su Partido Republicano nacieron como respuesta al estallido social y los procesos constituyentes, donde él pudo presentarse como una derecha pura que no está dispuesta a negociar con el centro y la izquierda”, dice Heiss a BBC Mundo.
“Conservador, nacionalista y populista”
Vinculado al movimiento católico Schoenstatt, Kast también ha defendido posturas conservadoras en temas sociales.
Por ejemplo, se manifestó contrario al matrimonio del mismo sexo o del aborto incluso en los casos de violación que contempla la ley chilena.
Pero a diferencia lo que ocurrió en las elecciones de 2021, Kast ha evitado polemizar sobre esos temas durante la actual campaña, para concentrarse en asuntos de seguridad pública y migración.
Algunos creen que esto responde a un mero cálculo electoral antes que a un esfuerzo de moderación: sus posturas sobre temas de género le habría costado votos sobre todo de mujeres, los cuales necesita para ganar.

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Pero otros también descartan que Kast buscaría imponer desde el gobierno sus puntos de vista sobre esos asuntos sin modificar la legislación vigente.
“Se declara católico, apostólico romano, pero no va a ir en contra de las leyes que han sido aprobadas por el Congreso y han sido motivo de un largo debate”, dice Guillermo Holzmann, un analista político chileno, a BBC Mundo.
A su juicio, “hay tres palabras que de alguna forma permiten definirlo (a Kast): es conservador, nacionalista y populista”.
El nacionalismo de Kast, explica, se observa en su discurso contra la inmigración irregular, con semejanzas al de Trump incluso en sus propuestas de colocar barreras fronterizas para evitar el paso de extranjeros indocumentados.
Según Holzmann, el populismo de Kast se vislumbra en promesas que formula sin explicar cómo las piensa llevar a cabo, como la de instalar un “gobierno de emergencia” enfocado en temas migratorios y seguridad pública.
Chile tiene tasas de violencia y homicidios inferiores a otros países de la región, pero la inseguridad es la mayor preocupación de sus ciudadanos, según encuestas.
Kast ha reivindicado el modelo de “mano dura” de Bukele en El Salvador y el año pasado visitó como referencia una megacárcel en este país que ha sido objeto de varias denuncias de abusos.
También promete un fuerte ajuste fiscal de US$6.000 millones en 18 meses, que genera dudas sobre su viabilidad y comparaciones con la agenda económica de reducción del Estado que Milei impulsa en Argentina.

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“Nuestras ideas”
El propio Kast se ha ubicado en la misma familia ideológica de Trump, Milei o Giorgia Meloni, la primera ministra italiana de cuyo partido Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia) apeló a un lema usado en la dictadura fascista de Benito Mussolini: “Dios, patria, familia”.
“Nuestras ideas ya ganaron: ganaron en Estados Unidos, en Italia, en Argentina”, dijo Kast en la entrevista con ADN Chile este año.
El candidato chileno ha asistido a foros internacionales de ultraderecha como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) y presidió la red Political Network for Values, que muchos también consideran una red de posiciones extremas.
Un punto donde convergen estas derechas es su sentimiento anti izquierda, dice Holzmann.
Pero señala que, a diferencia de otros líderes con los que suele ser asociado, Kast tiene una trayectoria política de décadas en la que fue concejal y diputado, reconoció sus derrotas electorales del pasado y evita insultar a sus adversarios.
“Nunca ha tenido la intención de denostar o afectar o faltarle el respeto a los adversarios”, destaca Rodrigo Pérez Stiepovic, un abogado amigo de Kast desde sus tiempos universitarios.
En cambio, la politóloga Heiss cree que Kast tiene una “visión maniquea que es un riesgo para la democracia, incluso mayor porque lo dice con toda tranquilidad, bien vestido, pareciendo una persona del establishment“.


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