Para Ricky Zehrer es importante subrayar que el autismo “no es un trastorno del desarrollo”. “Uno nace con autismo. El cerebro funciona un poco diferente que en el caso de una persona no autista. Desde mi punto de vista, se trata sobre todo de una cuestión de la percepción y de cómo un autista filtra las impresiones”, explica con motivo del Día Mundial de la Concienciación sobre el Autismo.
Nuestro cerebro procesa unos once millones de impresiones por segundo, pero solo percibimos conscientemente cerca de 40. Puesto que nuestro cerebro no puede clasificar y procesar toda la información que le llega a diario, la selecciona y filtra.
Autistas, como Zehrer, carecen de este tipo de filtro o filtran en menor grado: “Prácticamente todo lo que veo, siento o vivo me es servido sin haber sido diluido previamente, y yo tengo que arreglármelas”, dice a DW. Este exceso de estímulos sensoriales es un estrés permanente.
Autistas intentan evitar “excesos”
Los estímulos que pueden causar problemas a un autista varían de persona en persona. Zehrer señala que la primera medida importante para superar el día a día consiste en evitar un exceso de estímulos.
“Yo solo salgo con lentes de sol. En el auto uso vidrios polarizados”, cuenta Zehrer, que es extremadamente sensible a la luz. Y prosigue: “Otras personas con autismo no tienen problemas en pararse delante de un faro. Algunas no soportan el contacto visual, y otras miran fijamente a las personas”.
Estímulos controlados
Asimismo, muchos autistas reaccionan de forma extrema a los sonidos, y buscan protegerse de un exceso de estímulos auditivos para evitar que se produzca un caos en su cerebro.
Algunos usan auriculares con cancelación de ruido, apunta Zehrer, y agrega que otros practican el comportamiento autoestimulatorio: la repetición de movimientos o sonidos, como balancearse, saltar, contar o chasquear con los dedos. Así, un estímulo controlado se sobrepone a uno molesto.
Muchos autistas se aíslan para evitar un exceso de estímulos.Imagen: U. Grabowsky/photothek/picture alliance
Cuando salir se convierte en un problema
Ricky Zehrer explica por qué muchas personas con su condición también tienen grandes problemas para socializar con otros: “Cada estímulo es como agua que se vierte en un lavabo. Puede tratarse de un dedal lleno de agua, de una tasa o de una cubeta. En el caso de una persona no autista puedo verter una gran cantidad de agua en el lavabo, porque ésta se va por el desagüe. En el caso del autista, en cambio, el desagüe se atasca”. Y el nivel de estrés sigue aumentando.
Mirar a los ojos
A algunos autistas, cuenta Zehrer, les cuesta soportar la mirada de otras personas. De ahí que la joven goce de la compañía de una amiga ciega, puesto que no tiene que mirarle a los ojos.
“Esa parte de la cara se mueve constantemente, veo cada movimiento, contracción, parpadeo. Es demasiado, y no me puedo concentrar en nada”, aclara.
Autistas y sentimientos
Los autistas suelen ser personas frías, creen muchos. Zehrer explica que, por lo general, no carecen de sentimientos, sino que experimentan demasiados sentimientos: “También los sentimientos son estímulos. Algunos autistas ni siquiera saben lo que sienten en un determinado momento”. Falta el tiempo para clasificar y ordenar el caos sentimental, agrega.
La hiperconcentración
Puesto que los autistas intentan reducir los estímulos exteriores lo más posible, también son capaces de concentrarse en una sola cosa.
La llamada hiperconcentración puede tener consecuencias negativas para las personas con esta condición, por ejemplo, porque no sienten hambre o sed, independientemente de si hace calor o frío.
Sin embargo, la hiperconcentración también les sirve, por ejemplo, para solucionar complicados cálculos matemáticos o desarrollar un software. De ahí que, hoy día, muchas empresas de alta tecnología contraten a autistas.
Ricky Zehrer llega a la conclusión de que no existen las condiciones ideales para las personas con autismo. No obstante, recomienda el uso de un reloj que mida la presión y el pulso, importantes indicadores del nivel de estrés.
Lo que vas a leer a continuación es mucho más que una entrevista.
Es la experiencia de décadas de cientos de personas sobre lo que realmente importa en la vida.
Durante 86 años, la Universidad de Harvard (EE.UU.) ha estado realizando el estudio científico más longevo de la historia sobre la felicidad.
El Estudio sobre Desarrollo Adulto comenzó en 1938 con cerca de 700 adolescentes. Algunos de ellos eran estudiantes de Harvard, otros vivían en los barrios más pobres de Boston.
La investigación los acompañó a lo largo de sus vidas, monitoreando periódicamente sus alegrías y dificultades, su estado físico, mental y emocional. Y ahora también incluye a las parejas y descendientes de los participantes originales.
Robert Waldinger, profesor de psiquiatría de la Universidad de Harvard y maestro Zen, es el cuarto director del estudio.
Su charla TED de 2015 fue vista más de 40 millones de veces. Y es coautor de un nuevo libro sobre las principales lecciones del estudio que se titula “The Good Life” (“Una buena vida”), cuya edición en español fue lanzada en 2023.
Robert Waldinger le explicó a BBC Mundo por qué la calidad de nuestras relaciones es el mayor predictor de nuestra felicidad y salud a medida que envejecemos. Y recordó que nunca es tarde para “energizar” esas relaciones o construir conexiones nuevas.
¿Cuál es el hallazgo más sorprendente del estudio?
No fue una sorpresa que las personas que tenían relaciones más cálidas fueran más felices. Eso tiene sentido.
La sorpresa fue que las personas que tenían relaciones más cálidas se mantuvieron físicamente más saludables a medida que envejecían.
La pregunta que surge entonces es, ¿cómo pueden las relaciones hacer que sea menos probable desarrollar diabetes tipo 2 o enfermedad de las arterias coronarias?
Otros estudios luego encontraron lo mismo y nos dimos cuenta de que se trataba de un hallazgo sólido.
Hemos pasado los últimos diez años en nuestro laboratorio tratando de entender cómo las relaciones afectan nuestros cuerpos y cambian nuestra fisiología.
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Pie de foto,“La sorpresa fue que las personas que tenían relaciones más cálidas se mantuvieron físicamente más saludables a medida que envejecían”.
¿Cuál es su mejor hipótesis?
El estrés es una parte natural de la vida. Si me pasa algo estresante esta mañana, habrá cambios en mi cuerpo: aumentará la frecuencia cardíaca, subirá mi presión arterial, muchas cosas suceden en el cuerpo para enfrentar un desafío. Es la llamada “reacción de lucha o huida” .
Pero luego se espera que nuestro cuerpo vuelva al equilibrio, a la normalidad, una vez que se elimina el estrés.
Una idea que tenemos es que la soledad y el aislamiento son estresantes.
Si me sucede algo que me ha molestado, que es estresante, puedo ir a casa y hablar con mi esposa o llamar a un amigo, y si son buenos oyentes puedo sentir que mi nivel de estrés baja. Pero si no tengo a nadie así, si estoy aislado y solo, lo que creemos es que el cuerpo permanece en un bajo grado de “reacción de lucha o huida”.
Esto significa que habrá niveles más altos de hormonas del estrés como el cortisol circulando en mi sangre y niveles más altos de inflamación en mi cuerpo. Y estos factores gradualmente desgastan y descomponen diferentes sistemas corporales. De esta forma el aislamiento social y la soledad podrían afectar mis arterias coronarias y mis articulaciones.
Asegura en el libro que una buena vida es una vida complicada, en la que hay felicidad pero también dolor. ¿Tener buenas relaciones nos ayuda a procesar mejor las emociones difíciles?
Sí, nos ayuda a manejar mejor las emociones porque las relaciones a menudo nos permiten, en primer lugar, hablar sobre lo que sentimos y tener un sentido de pertenencia.
Somos animales sociales. Probablemente evolucionamos de esa manera porque es más seguro estar en un grupo. Y sentir que pertenecemos a un grupo es una forma de aliviar el estrés.
Cuando sientes que eres la única persona que tiene un problema no te sientes bien. En cambio, si puedes hablar con otras personas que tienen ese problema eso te hace sentir menos solo. Es un sentimiento muy poderoso y creemos que es un importante regulador del estrés.
En el libro habla de la importancia de mantener el “fitness social”. ¿Qué significa esto?
Acuñamos la frase para hacerla análoga al fitness o buena forma física, porque lo que vimos fue que cuidar nuestras relaciones es como ejercitar un músculo.
Si permanecemos sentados toda nuestra vida nuestros músculos se atrofiarán. Y de la misma forma, al mirar las vidas del estudio vimos que las buenas relaciones pueden marchitarse no porque haya ningún problema, sino por descuido.
Lo que comenzamos a ver es que si cuidas activamente tus relaciones de la misma forma en que cuidas tu cuerpo, o una planta en tu casa, esas relaciones se mantienen fuertes.
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Pie de foto,Tener buenas relaciones nos ayuda a manejar las emociones difíciles y el estrés.
Menciona en el libro varias sugerencias para cuidar o energizar una relación. Una de ellas es “reconocer a alguien cuando hace algo bueno”. ¿A qué se refiere?
Somos muy buenos prestando atención a lo que no nos gusta y lo que está mal. Y con otras personas solemos estar muy en sintonía con lo que nos molesta o nos ofende, cuando alguien hace algo que yo creo está mal.
Pero a menudo damos por sentado las cosas que la gente hace bien. Por ejemplo, mi esposa ama cocinar y prepara la cena la mayoría de las noches. Y yo tengo que recordar que no debo dar eso por sentado.
De la misma forma, yo me encargo de todo lo que tiene que ver con la tecnología, y ella tiene que recordar que se necesita mucho trabajo para hacer que las cosas funcionen.
Así que es una forma de práctica de gratitud, en la que nos preguntamos: ¿cómo sería mi vida si esta persona no hiciera estas cosas o si esta persona no estuviera en mi vida? De eso hablamos cuando decimos “reconocer a alguien siendo bueno”, haciendo algo que si no estuviera en tu vida te haría sentir infeliz. Y expresar esa gratitud.
Otra sugerencia para cuidar las relaciones es mantener una “curiosidad radical”. ¿De qué se trata?
Cuando hemos estado con alguien desde hace mucho tiempo, sea un cónyuge, un familiar o un amigo, asumimos que conocemos a esa persona.
Hay estudios sobre cuán sintonizados estamos con los sentimientos de otra persona. Las investigaciones muestran que particularmente cuando salimos por primera vez con alguien somos muy buenos sintonizando lo que siente otra persona.
Pero una vez llevamos cinco, diez, veinte años juntos, sabemos mucho menos lo que siente. Podríamos pensar que sería al revés, que cuanto más tiempo llevamos juntos más sabemos qué siente, pero lo que sucede es que comenzamos a asumir que conocemos a la otra persona.
Entonces, de lo que hablamos es de dar un giro a esto y despertar la curiosidad.
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Pie de foto,“Cuando hemos estado con alguien desde hace mucho tiempo, sea un cónyuge, un familiar o un amigo, asumimos que conocemos a esa persona”.
En otra charla mencionó un ejemplo de curiosidad radical con su esposa…
He estado con mi esposa durante 37 años. Y lo que hago es preguntarme: ¿cómo puedo volver a tener curiosidad acerca de quién es ella ahora mismo, hoy? ¿Cómo puedo mantener la curiosidad?
Esto tiene que ver con una instrucción de uno de mis maestros de meditación Zen.
En la meditación Zen te sientas en un cojín y meditas una y otra vez. He meditado miles de veces. Y la instrucción es preguntarte a ti mismo mientras haces algo que has hecho mil veces. ¿Qué hay aquí que nunca antes había percibido?
Puedes hacer esto incluso al cepillarte los dientes. Si te pregunto qué diente te cepillas primero apuesto que tienes que pensarlo porque lo haces en forma automática. Podrías entonces hoy al cepillarte los dientes hacerlo con curiosidad radical.
¿Podría compartir con nosotros algo que percibió de su esposa después de más de 30 años juntos?
Descubrí, por ejemplo, que ha comenzado a usar aretes plateados en lugar de dorados como solía hacer antes, porque su cabello ahora es gris en lugar de castaño. Es algo pequeño, pero es algo que no había percibido.
Me impactó una pregunta que les hacen a los participantes en el estudio: “¿A quién llamarías en el medio de la noche si tienes miedo o te sientes mal?”.
Tal vez algunas personas que lean la entrevista sientan que no tienen “una buena vida” porque no tienen muchos amigos…¿El número importa?
Importa, pero es algo muy individual. Algunos de nosotros somos muy tímidos y para esas personas tener mucha gente alrededor es estresante. Otras personas que son más extrovertidas, en cambio, necesitan muchas personas en su vida y les da energía estar con mucha gente.
Una persona tímida podría necesitar una o dos relaciones cercanas. Tener más podría ser estresante y agotador. Pero la persona extrovertida puede querer muchas, muchas relaciones.
Así que cada uno de nosotros necesita determinarlo por sí mismo, ¿cuánta actividad social es buena para mí y para mi vida?
Mucha gente podría pensar, “yo intento cuidar mis amistades, pero soy yo siempre quien hace las llamadas, quien escucha”. ¿Aconsejaría a estas personas que sean abiertas con sus amistades sobre lo que sienten?
Sí, creo que sería bueno porque algunas personas no se dan cuenta de esto. Puedes decirle a un amigo o amiga, “siempre soy yo quien te llama. Me gustaría qué de vez en cuando me llamaras o me invitaras a tomar un café”.
Pero habrá algunas personas que jamás lo harán. Entonces yo te diría que eso no significa que tengas que cortar la amistad con esas personas. Pero tal vez quieras hallar también otras amistades que sean más mutuas.
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Pie de foto,“Es una forma de práctica de gratitud, en la que nos preguntamos: ¿cómo sería mi vida si esta persona no estuviera en ella?”.
Muchos intercambios hoy en día son virtuales a través de redes sociales. En términos de relaciones, ¿cuál es la mejor manera de usar las redes sociales?
No es una investigación mía, pero hay estudios que hablan de esto y los primeros hallazgos indican que la forma en la que usamos las redes sociales realmente importa.
Si las usamos activamente para conectarnos con otras personas, eso aumenta nuestro bienestar. Y el ejemplo que me gusta usar es el de un amigo mío que durante el confinamiento debido a la pandemia se volvió a conectar en Facebook con sus amigos de la escuela primaria. Ahora toman un café virtual todos los domingos por la mañana en Zoom. Y tienen momentos maravillosos hablando de sus vidas y de su infancia. Es un ejemplo de una conexión activa en redes sociales y todos están más felices por ella.
Por otro lado está el uso pasivo de las redes sociales cuando consumimos los feeds de Instagram de otras personas o sus páginas de Facebook en las que publican todas estas bellas imágenes de sus vidas. Porque no publicamos imágenes de cuando estamos infelices.
Y eso puede hacer que otras personas al ver esas imágenes sientan que “todos los demás están teniendo una buena vida y yo soy el único que tiene dificultades”. Ese tipo de consumo pasivo de redes sociales nos hace sentir peor y los adolescentes son particularmente vulnerables a esto. Muy vulnerables.
Entonces, dado que las redes sociales no van a desaparecer, lo que podemos hacer es ser más activos en su uso para conectarnos con otras personas y no solo mirar pasivamente lo que publican otras personas, eso es terrible para nosotros.
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Pie de foto,“El consumo pasivo de redes sociales nos hace sentir peor y los adolescentes son particularmente vulnerables a esto”.
Una palabra que no aparece mucho en el libro es arrepentimiento. Algunos luchan con esto cuando llegan a cierta etapa de sus vidas y piensan, por ejemplo, que podrían haber entendido mejor a alguien.
¿Hay algo en el estudio que podamos aprender sobre cómo lidiar con el remordimiento?
Cuando los participantes llegaron a su década de los ochenta les hicimos esta pregunta: cuando miras hacia atrás en tu vida, ¿qué es lo que más lamentas? Y hubo dos grandes arrepentimientos.
Uno era : “Desearía no haber pasado tanto tiempo en el trabajo, y haber pasado más tiempo con las personas que me importan”. Así que hay una razón para ese cliché tan conocido que dice “nadie en su lecho de muerte desea haber pasado más tiempo en la oficina”.
El otro arrepentimiento que particularmente expresaron las mujeres fue: “Ojalá no hubiera pasado tanto tiempo preocupándome por lo que piensan otras personas”.
Entonces, si la gente se pregunta ¿qué remordimientos me gustaría evitar?, la respuesta podría ser que debes pasar suficiente tiempo con las personas que te importan y no pasar tanto tiempo preocupándote por lo que piensan los demás.
Habló de cómo evitar remordimientos. ¿Pero qué hacer cuando ya están presentes?
Al lidiar con el arrepentimiento, estar enojados con nosotros mismos, darnos duro a nosotros mismos, no ayuda. El único uso del arrepentimiento es si nos informa sobre lo que nos gustaría hacer de manera diferente en el futuro.
Usa el arrepentimiento para aprovechar la vida que tienes por delante.
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Pie de foto,“Otro arrepentimiento que particularmente expresaron las mujeres fue: ‘Ojalá no hubiera pasado tanto tiempo preocupándome por lo que pensaran otras personas'”.
En el libro hay un capítulo titulado “Nunca es demasiado tarde”. ¿Cuál es el mensaje principal que quiere dar con esa frase?
Algunas personas me han dicho “es demasiado tarde para mí, no soy bueno o buena en las relaciones, esto nunca va a pasar en mi vida”. Algunas de las personas que dicen esto tienen 20 años y aseguran que es demasiado tarde para ellas, y otras personas que dicen eso son mayores.
Pero lo que vemos en las historias del libro, que son de vidas reales, es que las personas encuentran conexiones que no esperaban en diferentes momentos de sus vidas, ya sean conexiones amorosas o amistades. Entonces, a quienes creen que estas cosas nunca les van a pasar, les diríamos “no tienes forma de saberlo”.
El mensaje es que vale la pena seguir trabajando en ello porque en cualquier momento de la vida puedes crear nuevas y buenas conexiones.
Usted es maestro Zen. ¿Ha tenido la meditación un papel importante en su vida?
Ha tenido un gran papel. En la meditación zen se trata de aprender sobre qué es estar vivo.
Te familiarizas mucho más con la experiencia de mirar una flor durante cinco minutos, o comer una comida con atención, saboreando cada bocado. Es realmente una inmersión profunda en la experiencia de estar vivo.
Y eso encaja muy bien con el estudio sobre todas estas vidas. Porque es una forma diferente de estudiar la experiencia de ser humano.
De igual forma, en mi trabajo como psiquiatra tengo el privilegio de escuchar a personas hablar en detalle sobre sus vidas. Y todo esto para mí es un trabajo fascinante. Son todas formas diferentes de aprender sobre la experiencia humana.
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Pie de foto,“Cuidar nuestras relaciones es como ejercitar un músculo”.
En el libro afirma que la atención es la forma más básica del amor y hay una hermosa frase: “Una buena vida no es el destino sino el camino y con quién caminas… Y al hacerlo, segundo a segundo, puedes decidir a qué y a quién le das tu atención”.
¿Puede hablarnos de ese poder que tenemos de elegir en cada momento en qué ponemos nuestra atención?
Esa es una cita de uno de mis maestros Zen. Su nombre es John Tarrant y sí, una de las cosas que sabemos es que nuestra atención es algo por lo que la gente pelea.
Estas pantallas que tanto amamos están diseñadas para cautivarnos, porque las personas ganan dinero captando nuestra atención y manteniéndola.
Ahora más que nunca el camino de menor resistencia es quedarnos frente a nuestras pantallas todo el tiempo. Entonces la pregunta es: ¿podemos ser intencionales y desviar nuestra atención de esas pantallas hacia las personas que nos importan?
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Pie de foto,“Piensa ¿quién te importa?, ¿y podrías darle toda tu atención en este momento? Esa es la pregunta que debemos hacernos”.
Hay una escritora llamada Linda Stone que escribe sobre algo que ella llama “atención parcial continua”, que es lo que nos estamos dando cada vez más unos a otros y esto es un problema. O sea, estoy hablándote pero en realidad estoy viendo mi pantalla.
Queremos llamar la atención sobre eso. Piensa ¿quién te importa?, ¿y podrías darle toda tu atención en este momento? Esa es la pregunta que debemos hacernos.
Con el privilegio que ha tenido de estudiar todas estas vidas, ¿diría usted que si alguien ha tenido una niñez con muchos problemas o enfrentado otros tiempos muy difíciles, existe resiliencia en las personas, la habilidad de hallar en nosotros mismos los recursos para salir adelante y prosperar?
Creo que hay un instinto para prosperar, para sobrevivir. Todos estamos tratando de ser felices. Una de las razones por las que mi charla TED se volvió viral, como alguien me dijo, no es que yo sea guapo. Es que todo el mundo quiere ser feliz. Y entonces existe este impulso para tratar de encontrar formas de prosperar.
Creo que hay una energía en todos nosotros que busca eso y esto es algo bueno. Probablemente por ello, aunque puedo ponerme muy pesimista acerca de hacia dónde va el mundo, pienso que la gente ha sido así siempre. Y luego ha encontrado el camino hacia nuevas posibilidades, es algo que es parte de nosotros.
En su caso personal, ¿cuáles son los componentes básicos de una buena vida?
Es estar involucrado en actividades que me importan y que encuentro significativas. Mis investigaciones, mi trabajo como psiquiatra, mi Zen, estas cosas me importan mucho. Y por ejemplo me importa estar hablando contigo ahora. La razón por la que lo estoy haciendo es que me importan mucho estas ideas y que lleguen a la gente. Eso es significativo para mí.
Para mí entonces una buena vida es tener actividades que tienen significado para mí y hacerlas con personas que me importan y a quienes yo les importo.
Termina el libro con un llamado a la acción. ¿Qué invitaría a la gente a hacer cuando acabe de leer esta entrevista?
Les diría: piensa en alguien a quien extrañas, alguien con quien no te sientes conectado tanto como te gustaría, o alguien que quieres asegurarte que sepa que estás pensando en él o ella. Y envíale un mensaje de texto, o un correo electrónico, o llámales y solo diles hola, estaba pensando en ti y quería contactarte.
Solo haz eso y verás qué te llega de regreso. Si lo haces, te sorprenderá cuántas personas estarán encantadas de que te hayas comunicado con ellas. Así que da ahora ese pequeño paso, hacerlo te tomará quince segundos.
Soy hombre y hay cosas de las que preferiría no hablar, que a mis 35 años preferiría esconder y esperar a que desaparezcan con el tiempo.
Como que en ocasiones tengo sexo con la presión de demostrar que soy “suficientemente hombre”, o que con frecuencia evito intimar para no salir herido.
O que a veces no tengo erecciones o eyaculo más rápido de lo que quiero.
Hay traumas e ideas que afectan mi vida sexual desde que soy adolescente, conflictos que solo he hablado en terapia o que incluso he callado por años.
Por eso me sorprendió lo que pasó hace unos días: terminé en una reunión virtual hablando sobre mis miedos y frustraciones sexuales más íntimas con otros seis hombres desconocidos.
Ocurrió un jueves en la noche. Nos conectamos monógamos, poliamorosos, heteros, homosexuales, con hijos, sin hijos, en relaciones de más de una década, solteros…
Una videollamada así podía salir mal, muy mal, pero todavía me cuesta creer lo liberadora y terapéutica que resultó.
FUENTE DE LA IMAGEN,JORGE CARABALLO
Pie de foto,Jorge Caraballo, periodista colombiano.
Ser hombre
La conversación virtual fue una iniciativa que apareció después de publicar en mi newsletter en octubre de 2023 “Memorias de mi pene triste”, un ensayo en el que describo cómo he sufrido en mi sexualidad por tratar de encajar en los estereotipos de lo que en muchas partes de América Latina se entiende como “ser hombre”: dominante, de líbido desbordante, agresivo en la competencia, desconfiado, homofóbico, seguro de su identidad y desinteresado en cuestionarla.
Amo y deseo a mi pareja, tengo dos hijos, me va bien económica y profesionalmente… Desde afuera, parezco cumplir con lo que este mundo espera de un hombre heterosexual como yo.
Pero no.
Cada cierto tiempo vuelvo al mal sexo, sexo en el que mis inseguridades me impiden estar presente, en el que me preocupo más por demostrar que por sentir, y en el que no hay comunicación real sino una necesidad fisiológica por resolver en la que la otra persona es accesoria.
Ese ensayo ha sido sin duda el texto más desafiante que he escrito en más de 15 años como periodista.
Me tomó diez meses terminarlo, y durante ese tiempo pensé abandonarlo muchas veces, no solo porque implicaba revelar detalles que me avergonzaban, sino porque dudaba de su utilidad para otros.
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Sin embargo, mientras lo escribía empecé a hacer algo que nunca había hecho: preguntarles a mis amigos por detalles incómodos de su vida sexual.
Hasta entonces solo hablábamos de nuestras proezas, o de lo que nos hacía ver como buenos amantes.
Me sorprendió que, con solo preguntar explícitamente, muchos me contaron por primera vez sus conflictos y cómo sufrían, igual que yo, el costo de querer acomodarse al molde machista.
Decidí entonces aprovechar la historia de mis disfunciones sexuales para iniciar una conversación más honesta y matizada entre nosotros.
Fue así como se me ocurrió la idea con la que terminé ese ensayo:
“Me avergonzaba hablar de esto porque pensaba que era un sufrimiento individual, pero ahora creo que expresarlo abiertamente puede servir para empezar una conversación donde nos sintamos vistos, acompañados, presentes. Necesito hablar con más hombres sobre esto. Me encantaría si algunos se animan a hacerlo”.
Recuerdo que cuando mandé el texto a mi lista de correos sentí lo mismo que cuando sueño que salgo sin ropa a la calle. Estaba expuesto y no había marcha atrás.
Lo leyeron más de 7.000 personas y empezaron a llover comentarios, al comienzo principalmente de mujeres invitando a los hombres a leer y discutir.
Pero, a la larga, muchos hombres, casi todos en privado, respondieron agradecidos por la historia y diciendo que estaban dispuestos a conversar.
¡Genial! Eso era lo que yo buscaba inicialmente.
Pero cuando intenté concretarlo me agobié: ¿quién era yo para contener las historias de otros si apenas podía con la mía?
Me abrumó la responsabilidad de crear un espacio para hablar colectivamente de nuestras insatisfacciones sexuales, algo que sigue siendo un tabú entre los hombres latinos. Confieso que pensé dejar en visto a quienes me dijeron que querían hablar (la mayoría desconocidos).
Hasta que tres meses después de publicar el ensayo, organicé la conversación en Zoom. Se registraron 12 hombres.
Nació entonces lo que yo llamo “El club de los penes tristes”.
“¿Qué te daría miedo que supiéramos?”
Varios de los registrados cancelaron a último minuto. Los entiendo.
Al final nos conectamos siete hombres, todos colombianos entre nuestros 20s y 40s.
El miedo que tenía de verme obligado a echarme la conversación sobre los hombros se evaporó rápido. Solo sugerí unos acuerdos de confidencialidad para sentirnos seguros, y luego hice una pregunta inicial para conocernos y romper el hielo:
-¿Qué te daría miedo que supiéramos de tu vida sexual?
Partí yo respondiendo:
-Llevo 13 años en terapia y todavía hay periodos en los que las disfunciones vuelven a afectar mi vida sexual. Me da miedo que esto vaya a acompañarme para siempre.
Luego siguieron los demás:
-Pueden pasar meses sin desear ni tener sexo con mi novia, y no sé por qué si el resto de la relación funciona bien.
-Cuando estoy teniendo sexo mi mente suele irse a otro lado: a recuerdos de exparejas o imágenes porno.
-Soy gay y no obtengo ningún placer de relaciones sexuales sin un vínculo emocional o afectivo, pero la mayoría de personas esperan lo contrario de mí: sexo al grano y hasta la próxima.
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Pie de foto,Los participantes tuvieron una conversación en línea.
Ninguno respondió a lo diplomático. Todos, sin excepción, nos tiramos al lodo y dejamos ver lo que usualmente escondemos bajo la alfombra. ¡Qué alivio!
Como no éramos muchos, podíamos entrar en detalles sin sentir que le estábamos quitando espacio a otro, y todos participamos activamente.
De entrada nos dimos cuenta de que la gran mayoría atravesamos los encuentros sexuales en una suerte de disociación: el cuerpo está en una frecuencia y la mente en otra.
Nos cuesta dejar las máscaras y las expectativas, y hay un juez interno encargado de evaluar el encuentro mientras ocurre, comparando lo que está pasando con lo que “debería pasar”.
Varios señalamos esa conversación interna como un mecanismo de defensa contra la intimidad. Estamos tan preocupados por alcanzar los estándares implacables del macho en la cama que nos cuesta conectarnos con la otra persona.
Y es muy triste que la sexualidad sea un escenario más en el que nos sentimos solos.
Nos preguntamos de dónde viene la idea de que un encuentro sexual siempre debe seguir el mismo libreto, por qué si una relación no sigue el arco de erección-penetración-eyaculación nos sentimos frustrados y desorientados.
Varios mencionaron cómo la obediencia ciega a ese guion hace que, en el largo plazo, el sexo deje de sorprender y sirva solo como un mecanismo para aliviar tensión.
Uno compartió que, para evitar esa monotonía en una relación larga, acordó con su pareja tener encuentros que se salen de la estructura rígida y que se parecen más al juego.
A veces solo se desnudan para masajearse y conversar, o tienen sesiones donde llevan al otro al borde del orgasmo pero se detienen justo ahí sin sentirse insatisfechos.
Otro de los participantes reconoció que ignoraba las posibilidades de su propio placer más allá de lo genital. Su intervención resonó en todos.
Eso es evidente en la forma en la que nos masturbamos, por ejemplo. Cuando queremos darnos placer a nosotros mismos, no nos damos muchas vueltas: vamos derecho a la fórmula erección, fricción, orgasmo.
Nos reímos cuando alguien propuso la idea de explorar a solas el placer físico sin estimulación genital: masajearse el pelo, acariciarse las extremidades, vibrar con el cuerpo entero.
La sola imagen nos pareció caricaturesca y muestra lo reducido que está nuestro rango de sensaciones: si no hay fricción en el pene, sentimos que queda faltando el plato fuerte.
Alguien concluyó que quizás uno de los retos para salirse del libreto machista es explorar otras formas de erotizarse, conocerse tan bien para luego invitar a la pareja a potenciar ese placer.
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Cuál es más macho
Para mí, el momento más interesante de la noche se dio cuando un hombre poliamoroso contó una situación difícil por la que está pasando.
Él está en una relación abierta y nunca le ocultó a su pareja principal que tenía otros vínculos sexo-afectivos.
Pero cuando ella le contó que había empezado a acostarse con otro hombre, él colapsó.
Pensando en voz alta, dijo que lo que le dolía no era que ella recibiera placer de otro, sino que ahora él se siente en competencia con el amante. Le resulta inevitable compararse, y eso pone su ego a tambalear.
Fue revelador darnos cuenta de cómo usamos a la mujer –o a otros hombres– para competir entre nosotros.
Quizás, en parte, es por eso que estamos tan obsesionados con el rendimiento sexual: ¿cuántos orgasmos le doy, cuánto aguanto, qué tan duro lo tengo, cada cuánto lo hago?
Evaluando así nuestro rendimiento sentimos que avanzamos en la carrera de superar a otros.
Me conmovió cuando el poliamoroso dijo que lo que le ha ayudado a sanar su ego herido ha sido tratar de imaginar al amante de su novia como un amigo, un amigo que puede dar placer y que también merece recibirlo.
Pie de foto,La cultura latina suele exaltar la virilidad de los “hombres malos”.
En mí, la competencia con otros hombres está asociada con necesidades tan básicas como sobrevivir y pertenecer.
Nací y crecí en Medellín durante los peores años de la guerra entre el narcotráfico y el Estado.
Me crié viendo a los narcos en la calle, bajándose de sus camionetas enormes o sus motos ruidosas, siempre seguidos por mujeres hipersexualizadas y operadas en función de sus fantasías, es decir, más tetas, más culos, más labios, más y más.
Los traquetos, como les decimos acá, eran vistos como machos alfa, el referente del éxito masculino: tenían lo que querían, puro poder sin remordimientos.
Sin darnos cuenta, mis amigos y yo interiorizamos ese modelo. Ser menos que ellos era indicador de debilidad. Además, su estética irrigó la ciudad y nuestra forma de relacionarnos con otros hombres y mujeres.
El sexo era la arena en la que competíamos.
Recuerdo que a finales de los 90, cuando todavía era un niño, veía vallas de mujeres topless en avenidas principales; y en mi adolescencia nuestros cuadernos escolares llevaban modelos semidesnudas en la portada.
El cuerpo de la mujer era la moneda de cambio para ganar estatus.
La amistad como medicina
Ese jueves cerramos el encuentro virtual hablando sobre la amistad íntima entre hombres. Es escasa. Mucho. Y no importa la orientación sexual.
Nos cuesta contarles a otros hombres los matices de lo que ocurre en nuestro ámbito privado. Preferimos aparentar que todo está bien –o al menos bajo control– y no tener que cuestionar las ideas de lo masculino que sirven de columna a nuestra identidad.
Pero la conversación que tuvimos durante esos 90 minutos fue evidencia de que buscar alternativas para sentirnos más libres no tiene que ser un ejercicio solitario y tormentoso.
Reconocimos el daño que hemos y nos hemos hecho, pero también nos reímos, titubeamos en voz alta, compartimos herramientas y referentes que nos han servido en el camino.
En general, fue un encuentro optimista: estamos rotos, sí, pero podemos elegir reorganizar las piezas en compañía.
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Pie de foto,Es común que muchos hombres no suelan hablar de su vida sexual entre sí.
Decidimos que nos vamos a seguir encontrando mensualmente de manera virtual, porque estamos en cuatro ciudades diferentes.
Para la próxima sesión leeremos tres capítulos cortos de “El deseo de cambiar”, un libro de la autora estadounidense Bell Hooks que ha sido importante para varios de nosotros.
Puedo decir que esa noche ha sido una de las más emocionantes e intensas en mi proceso de conocer otras posibilidades de lo masculino.
El reto que siento después de haber hecho esto es llevarlo a otros ámbitos de mi vida, que esa conexión significativa y transformadora entre hombres no ocurra solamente en espacios dedicados a eso.
¿Cómo puedo tener una conexión más íntima con mi papá, con mi hermano, con mis amigos, con colegas y desconocidos? ¿Cómo podemos desmarcarnos de los gestos de poder y jugar más, encontrarnos como aliados en nuestra propia sanación?
Si eso ocurre, siento que estamos haciendo lo mejor que podemos para empezar a reparar lo que se ha roto en tantos siglos de masculinidad herida.
Por ahora, los invito a seguir conversando.
* Jorge Caraballo es periodista y escritor colombiano. El ensayo “Memorias de mi pene triste” fue publicado originalmente en https://afueradentro.substack.com.
¿Te has preguntado por qué caes en ciertos patrones en tus relaciones?
¿Por qué en el mejor momento de tu relación sientes que tu pareja te va a dejar? ¿O por qué te dan ganas de alejarte cuando empiezas a sentir que tu pareja está demasiado involucrada?
La teoría del apego puede tener respuestas.
El psicoanalista británico John Bowlby la desarrolló a mediados del siglo pasado para tratar de entender los efectos que tiene en los niños ser separados de sus padres. Y más de seis décadas después sigue siendo uno de los mayores referentes para quienes estudian la forma como nos relacionamos los humanos.
La idea fundamental de esta teoría es que los niños necesitan desarrollar una relación de apego segura con al menos un cuidador principal para poder desarrollarse emocional y socialmente de manera adecuada.
En palabas del mismo Bowlby, ese apego es importante “desde la cuna hasta la tumba”.
¿Por qué? Los psicólogos explican que el vínculo con nuestros padres en la etapa temprana de nuestra vida crea una plantilla con base en la cual construimos e interpretamos nuestras relaciones durante el resto de la vida.
“Las primeras relaciones de apego se interiorizan en representaciones mentales o esquemas cognitivos a lo largo de la infancia. Éstos configuran las expectativas de los niños sobre las relaciones posteriores con sus iguales, sus parejas sentimentales y sus propios hijos”, explica Marinus van IJzendoorn, investigador en la materia de University College of London.
La teoría del apego ha ido evolucionando y dado pie a la definición de cuatro tipos de apego, que se han vuelto parte del vocabulario en la conversación sobre el amor en medios y redes sociales.
Pero, según le explica van IJzerdoorn a BBC Mundo, identificar el tipo de apego de una persona es algo más complejo que llenar un quiz en internet.
El apego en la infancia
John Bowlby se dio cuenta de que los niños y otros mamíferos evitan a toda costa ser separados de sus padres.
Ese comportamiento tiene una razón evolutiva: son los padres quienes les dan a los niños la protección y el cuidado necesarios para sobrevivir.
El tipo de apego que desarrolla un niño frente a sus padres depende de qué tan atentos y sensibles a sus necesidades sean estos.
Dependiendo de qué tan atentos y disponibles estén los padres para suplir las necesidades del niño, este va a comportarse de una u otra manera.
“Las diferencias en la calidad de las relaciones de apego de los niños dependen en parte de si la forma en que los cuidadores interactúan con ellos es más o menos sensible y receptiva a sus señales de angustia”, explica van IJzedoorn, quien también es autor del libro Cuestiones de Significancia.
Si en su relación con su cuidador principal el niño se siente amado y seguro, es más probable que explore el mundo que lo rodea, sea sociable y juegue con los demás, argumentó Bowlby.
Si no, es probable que experimente ansiedad y desarrolle comportamientos como buscar permanentemente a sus padres con la mirada o incluso llorar hasta conseguir un nivel de cercanía físico y psicológico deseable con su cuidador.
La psicóloga Mary Ainsworth puso a prueba esta teoría a través de un experimento llamado la situación extraña, que consistía en separar a niños de un año de sus padres y luego volverlos a reunir.
Ainsworth encontró que los niños se comportaron de tres maneras diferentes.
A la mayoría les molestaban ser separados de sus padres, pero al reunirse con ellos se sentían consolados fácilmente.
Otros se sentían extremadamente incómodos al ser separados de sus padres, y luego al reunirse con ellos mostraban comportamientos que sugerían que no solo querían sentirse consolados sino también castigarlos por haberse ido.
Y un tercer grupo de niños no parecía muy angustiado por la separación, y al reunirse con sus padres, de hecho evitaba el contacto con ellos.
Ainsworth encontró que esos diferentes comportamientos tenían que ver con la relación entre el niño y sus padres en casa.
Los niños que lograban ser consolados por sus padres fácilmente tendían a venir de hogares en los que los padres estaban atentos a sus necesidades.
Los niños de los grupos 2 y 3 tendían a tener padres menos sensibles y consistentes frente a las necesidades de sus hijos.
Esa fue la génesis delos tipos de apego que conocemos hoy.
El apego en la adultez
FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGESLos psicólogos Phillip Shaver y Cindy Hazan encontraron que el “sistema conductual de apego” aplica también en las relaciones de pareja.
Años después de Bowlby y Ainsworth, la teoría del apego se extendió a los adultos.
Los psicólogos encontraron que otras relaciones más allá de la de los niños con sus padres, como las románticas, hacen parte del mismo “sistema conductual de apego”.
“El amor romántico es un proceso de apego que las personas experimentan de manera diferente debido a variaciones en sus historias de apego”, concluyeron Phillip Shaver y Cindy Hazan en 1987.
Es decir, encontraron que la forma como se había relacionado una persona con sus padres en la infancia se terminaba replicando en sus relaciones románticas, y de allí que existieran relaciones amorosas más y menos saludables.
Por tanto, los tipos de apego que identificó Ainsworth en su experimento también aplican para las parejas amorosas. Estos son: el apego ansioso, el apego evitativo y el apego seguro.
Los adultos con apego ansioso se caracterizan por buscar altos niveles de intimidad y aprobación de sus parejas, al punto de sentirse extremadamente dependientes de ellas.
Suelen sentir temor a ser abandonados o rechazados. Por tanto, buscan intensamente una sensación de seguridad y estabilidad en sus relaciones.
La idea de dejar de estar con su pareja les genera altos niveles de ansiedad, que se ven aliviados por la atención y el cuidado de él o ella.
Cuando perciben que dejan de tener esa atención y ese cuidado, suelen preocuparse, sentirse indefensos, aferrarse aún más a su pareja o castigarla.
En resumen, son personas que valoran mucho sus relaciones íntimas, pero suelen permanecer en un estado de hipervigilancia ante posibles amenazas a la seguridad de sus relaciones.
Algunos psicólogos relacionan el apego ansioso con los celos y la baja autoestima.
Quienes tienen apego evitativo, por su parte, se caracterizan por buscar un alto nivel de independencia y evitar la intimidad.
Son personas que se ven a sí mismas como autosuficientes emocionalmente y poco vulnerables.
Por tanto, sienten que no necesitan tener relaciones cercanas con otros y no les interesa construir o mantener esa cercanía con las personas a su alrededor.
Los adultos con apego evitativo suelen sentirse amenazados cuando otra persona se les acerca emocionalmente.
Son personas que tienden a basar su valor es sus logros personales en lugar de buscar la aceptación de otros. No creen que una pareja pueda brindarles apoyo emocional.
Al contrario, las personas con apego seguro se caracterizan por expresar sus emociones abiertamente, buscar apoyo cuando lo necesitan y tener una buena autoestima.
Suelen mostrar capacidad para resolver conflictos, comunicarse eficazmente y sentirse cómodas con la cercanía sin miedo a quedar atrapadas.
En pocas palabras, no temen dar ni pedir.
Tampoco temen estar solas, porque no dependen excesivamente de la aprobación externa.
Años después de estos tres primeros, se definió un cuarto tipo de apego, el apego desorganizado.
Las personas con apego desorganizado alternan rasgos del apego ansioso y el apego evitativo dependiendo de las circunstancias.
Tienen sentimientos encontrados con respecto a las relaciones cercanas, por lo cual tienden a mostrar comportamientos confusos y ambiguos. Desean intimidad y cercanía, y a la vez se sienten incómodos con ello.
Pueden alternar momentos en los que se aferran a su pareja con momentos en los que la alejan.
El apego ansioso, el evitativo y el desorganizado son, según los psicólogos expertos, tipos de apego inseguro, y pueden ocasionar dificultades para cultivar y mantener relaciones sanas.
Más que un cuestionario
El profesor Marinus van IJzerdoorn recalca que identificar uno u otro tipo de apego en la manera que uno tiene de desarrollar sus relaciones no es cuestión de percepción propia ni de llenar un cuestionario.
“Es imposible que los individuos se clasifiquen a sí mismas en una categoría específica de apego, a pesar de que en internet hay todo tipo de cuestionarios”, expresa.
“En realidad es más complicado que eso. Se ha demostrado que el enfoque de la entrevista es la mejor forma de medir el apego en grupos de adultos si se quiere predecir su comportamiento”, agrega.
Según los psicólogos, el tipo de apego de una persona influye en una relación amorosa desde la primera cita.
Otra de las razones por las que abordar el tipo apego en una persona es más complejo que autoidentificarse con una u otra categoría es que hay posibilidad de que cambie a lo largo de la vida.
“No se trata de leyes inamovibles”, explica van IJzendoorn.
“El apego sólo es modestamente estable a lo largo del desarrollo. Las experiencias con cuidadores alternativos, parejas, compañeros o terapeutas pueden cambiar la forma en que recordamos nuestras experiencias de apego en la infancia y ponernos en un camino distinto del esperado, para bien o para mal”, agrega.
Lecciones para la crianza
Como notó Ainsworth, el corazón de nuestro estilo apego se forma en la primera infancia, más o menos entre los 6 meses y los dos años.
Por tanto, aunque haya espacio para el cambio a lo largo de la vida, los investigadores ven que esta teoría es útil sobre todo para sugerir cómo debe ser la crianza de los hijos.
El profesor van IJzendoorn dice que lo que está más firmemente establecido en este sentido entre la comunidad científica es que hay tres características del cuidado de los padres que impactan en la vida social de los hijos hasta la etapa adulta: que sea seguro, que sea estable y que sea compartido.
“Los niños se desarrollan de forma adaptativa cuando crecen en un entorno seguro, sin malos tratos ni violencia familiar, en estructuras de cuidado estables y continuas, y en una red de figuras de apego que comparten sus cuidados en la que los niños que se convierten en adultos jóvenes pueden confiar en circunstancias estresantes”, explica el investigador.
Estar disponible para atender las necesidades de los hijos, validar sus emociones, involucrarse en sus intereses y pasar tiempo con ellos son algunos de los consejos que los psicólogos dan para forjar un apego seguro con los hijos.
Claro, desarrollar un apego seguro en la infancia es solo uno de los muchos factores que contribuye a tener relaciones sanas y felices. Hay otras variables sociales y emocionales que son tan o más importantes.
Sin embargo, la teoría del apego, el palabras de la psicóloga Coda Derrig, “es un lente que podemos usar para entender quiénes somos y por qué nos comportamos como lo hacemos con las personas que amamos”.