
Información del artículo
- Autor,Sarah Rainsford
- Título del autor,Corresponsal de BBC News para el sur y el este de Europa, desde el este de Ucrania
- 4 horas
- Tiempo de lectura: 8 min
“Somos como una provocación para el enemigo. Porque llevamos la guerra a su territorio para que también la sientan”, dice el soldado ucraniano, mientras su unidad se apresura a ensamblar drones de largo alcance para lanzarlos contra Rusia.
Ucrania ha intensificado sus ataques de largo alcance durante varias semanas, atacando especialmente las instalaciones de exportación de petróleo como nunca antes.
Ahora, en una inusual entrevista, el comandante de todos los sistemas no tripulados de Ucrania le dijo a la BBC que estos ataques se intensificarán y afirmó que sus fuerzas de drones también están conteniendo el avance ruso en el frente, causando un número récord de bajas entre sus soldados.
“Entre 1.500 y 2.000 km dentro del territorio ruso ya no es la ‘retaguardia pacífica'”, advierte Robert Brovdi. “El ‘pájaro’ ucraniano, amante de la libertad, vuela allí cuando y donde quiere”.
En la base secreta de lanzamiento, un campo lluvioso en el este de Ucrania, los drones de largo alcance se preparan y se nos ordena retroceder a una distancia segura. El equipo trabaja con rapidez antes de que las fuerzas rusas puedan detectarlos y lanzar misiles balísticos hacia nosotros.
Se oye una orden a gritos, el rugido ensordecedor de un motor y un destello blanco cuando el primer dispositivo se eleva hacia el cielo en dirección a Rusia como un pequeño avión a reacción.
El presidente Volodímir Zelenski califica estos ataques de gran alcance como “muy dolorosos” para Moscú, causando pérdidas “críticas” que ascienden a decenas de miles de millones de dólares en su sector energético, a pesar del reciente aumento de los precios mundiales del petróleo.

El incremento de estos ataques se debe en parte a la tecnología. Los drones de fabricación nacional son cada vez más baratos y vuelan más lejos: el modelo que vemos despegar puede recorrer ahora más de 1000 km y otros ya alcanzan el doble de distancia.
Pero también se trata de la concentración de objetivos. Además del personal militar y la producción, las exportaciones energéticas de Rusia se han identificado como un blanco prioritario.
“Putin extrae recursos naturales y los convierte en dinero manchado de sangre que luego utiliza contra nosotros en forma de drones Shahed y misiles balísticos”, afirma el comandante Brovdi, justificando los ataques.
Los residentes de Tuapse, en la costa rusa del Mar Negro, se quejan de lluvia tóxica tras una segunda oleada de ataques a gran escala contra la refinería local en pocos días. Pero Brovdi se muestra impasible.
“Si las refinerías de petróleo son una herramienta para generar dinero que se usa para la guerra, entonces son un objetivo militar legítimo, susceptible de ser destruido”.
Ubicación secreta
El comandante libra la guerra en los cielos desde una ubicación secreta en las profundidades de la tierra. Nos llevan a conocerlo en una furgoneta con ventanas de vidrios oscuros, luego bajamos unas escaleras y recorremos pasillos con cápsulas para dormir hasta llegar a una caverna de alta tecnología cubierta de pantallas desde el suelo hasta el techo.
La banda sonora consiste en una sucesión de pitidos y sonidos metálicos a medida que se envían nuevos datos a decenas de hombres vestidos con camisetas y sudaderas con capucha, encorvados sobre mandos y teclados. Están supervisando imágenes transmitidas directamente desde el campo de batalla por pilotos de drones con nombres como KitKat y Antalya.
Las Fuerzas de Sistemas No Tripulados de Brovdi representan solo el 2% del ejército ucraniano, pero actualmente, según él, son responsables de un tercio de todos los objetivos destruidos. Su tasa de bajas, me comenta, no es ningún secreto: menos del 1% anual.

Cada ataque, de cualquier tipo, se filma para su verificación y se registra, y en los monitores de una pared se muestra un marcador detallado, actualizado en tiempo real.
En la última semana, Brovdi informó haber alcanzado a una decena de oficiales del servicio de seguridad ruso FSB en territorio ocupado, así como a varias instalaciones energéticas en la propia Rusia. Argumenta que sus fuerzas son cruciales para impedir que Putin obtenga victorias importantes, especialmente en su objetivo de apoderarse del resto de la región oriental del Donbás.
“¿Qué está fumando?”, pregunta Brovdi secamente. “Eso no es realista. Es absurdo”.
De empresario a comandante
Hace cuatro años, Robert Brovdi se sentía más a gusto en casas de subastas como Christie’s que en las sucias trincheras. Por aquel entonces, era un próspero comerciante de cereales, con una afición paralela como coleccionista de arte. Fragmentos de su vida antes de la guerra sobreviven en las pinturas y esculturas de artistas ucranianos que se encuentran dispersas por el búnker.
Se exhiben junto a casquillos de misiles y drones capturados. Es de etnia húngara, originario de Uzhhorod, en el oeste de Ucrania, y es más conocido por su indicativo militar, Magyar. Antes de la guerra, iba bien afeitado, pero ahora luce una larga barba pelirroja con canas.
Este empresario se alistó para luchar justo antes de la invasión rusa a gran escala —”todos sabíamos que la guerra era inevitable”—, y se unió inicialmente a la Defensa Territorial y participó en algunas de las batallas más feroces, incluida la de Bakhmut.

Pero fue antes de eso, atrapado bajo el fuego ruso en Jersón, cuando vislumbró por primera vez el potencial de los drones. Brovdi recordó un dispositivo que había comprado para sus hijos y comenzó a introducir otros similares en su unidad.
De repente, pudieron elevarse por encima de las posiciones rusas y transmitir imágenes en directo a un equipo de artillería cercano, lo que les permitió atacar.
“La idea surgió inicialmente como un mecanismo de autoprotección”, explica, pero transformó el campo de batalla.
En cuestión de meses, los soldados construían sus propios drones y les acoplaban municiones, y pronto se hicieron famosos como la 414.ª Brigada, los Pájaros de Magyar.
“Pájaros y gusanos”
La estrategia de Brovdi no se basa únicamente en ataques de largo alcance.
Habla extensamente sobre otra prioridad: reducir la ventaja rusa en términos de efectivos.
El problema se ha agudizado aún más para Ucrania, que lucha por movilizar hombres para el frente: “Quienes querían luchar ya están luchando”, reconoce el comandante.
Por lo tanto, sus equipos tienen órdenes directas de matar cada mes a más soldados enemigos de los que Rusia puede reclutar. Eso supone más de 30.000 hombres al mes.
“El 30% de todos los ataques con drones deben ir dirigidos contra personal militar”, aclara Brovdi. “Se puede llamar plan de exterminio, sí, y ahora mismo lo estamos superando”.
Brovdi afirma que han cumplido su objetivo durante cuatro meses consecutivos.
No puedo confirmar esos datos, pero él me asegura que sus hombres hacen exactamente eso: la muerte de cada soldado debe demostrarse mediante video, o no cuenta.
Algunos de esos videos se reproducen en bucle en las pantallas del centro de mando, y Brovdi también los publica en Telegram, donde se refiere a sus drones como los “pájaros” y a sus presas rusas como los “gusanos” que debe cazar y destruir.

“La mayor matanza de un enemigo en la historia de la humanidad está teniendo lugar en esta sala”, dice en un momento dado, señalando las pantallas que nos rodean.
Son palabras brutales, pronunciadas por un hombre de voz suave, pero Brovdi se niega a dejarse “conmover por la lástima”.
Las tropas rusas están mucho más allá de sus fronteras, enviadas por Putin, “que quiere destruir nuestra nación”, sostiene.
“Si no los matamos, nos matarán. Eso está claro”.
Objetivo: la moral rusa
El comandante insiste en que no ve la realidad con optimismo ingenuo: su objetivo es la contención, no lanzar nuevas contraofensivas ni recuperar vastas extensiones de territorio.
“Tenemos un arma eficaz: no librar una guerra ofensiva, sino impedir que el enemigo avance con eficacia en nuestro territorio”, me dice.
También cree que Vladimir Putin no puede permitirse el lujo de poner fin a su invasión, porque los riesgos de fracaso son demasiado grandes.
Así que Brovdi tiene un objetivo más: la moral rusa.
Él espera que un elevado número de bajas, sumado a los enormes incendios que arden en instalaciones muy alejadas de la frontera, pueda generar cierta agitación en Rusia. Brovdi busca el factor sorpresa.
Un video reciente, ampliamente difundido en Ucrania, muestra a una mujer rusa en Tuapse llorando desconsoladamente. “Solo quería vivir junto al mar con mi hijo, pero todo está arruinado… esos drones vuelan y lo destruyen todo”, solloza entre improperios.
Para Brovdi, es una señal de que las repercusiones de la invasión rusa —y la fuerte resistencia de Ucrania— podrían estar extendiéndose más allá de sus círculos hasta ahora limitados.
Su objetivo, con cada dron, es que más rusos cuestionen la guerra que libra su país y al presidente que la inició.
Información adicional de Sophie Williams, Moose Campbell, Volodymyr Lozhko y Anastasia Levchenko.
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