
Los inmigrantes en situación precaria luchan por evitar terminar en las calles del condado de Los Ángeles
Cuando su marido fue detenido por la policía de inmigración, a principios de julio, cerca de Los Ángeles, Martha debió separarse abruptamente del padre de sus dos hijas. Pero también perdió el ingreso que le permitía mantener su hogar.
“Él es el pilar de la familia, (…) era el único que trabajaba“, dice esta mujer mexicana indocumentada que prefiere hablar bajo seudónimo. “Ya no está para ayudarnos, para apoyarnos a mí y a mis hijas”.
A los 39 años, Martha se sumó repentinamente al grupo de personas en situación precaria que luchan por evitar terminar en las calles del condado de Los Ángeles, una región con precios de vivienda prohibitivamente altos, que tiene el mayor número de personas sin hogar en Estados Unidos después de Nueva York.
Su apartamento de 65 metros cuadrados en Buena Park, un suburbio de la megalópolis californiana, cuesta 2,050 dólares al mes.
Para cubrir sus necesidades más urgentes, encontró un trabajo nocturno en una fábrica por el que percibe el salario mínimo. Le da como para mantenerse a flote, pero no para cubrir todas sus obligaciones.
“Tengo que pagar el seguro del carro, el teléfono, la renta y los gastos de ellas”, enumera, señalando a sus hijas de seis y siete años, que necesitan útiles para el nuevo año escolar. “Son muchos gastos”.
- ¿Cuánto tiempo puede aguantar así, con apenas tres horas de sueño tras volver de la fábrica, antes de tener que cuidar de sus hijas? “No le puedo decir”, murmura con la mirada perdida.
Las redadas en Los Ángeles
Los Ángeles, donde un tercio de la población es inmigrante, se ha visto desestabilizada por la intensificación, desde junio, de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) para capturar indocumentados.
Escuadrones de agentes enmascarados allanaron ferreterías, lavaderos de coches y paradas de autobús.
Como resultado, más de 2,200 personas fueron arrestadas en junio, el 60 % de las cuales no tenían antecedentes penales, según documentos internos del ICE analizados por la AFP.
La ofensiva antiinmigración del presidente Donald Trump está afectando duramente a los trabajadores latinos, quienes ya se encontraban entre las primeras víctimas de la crisis de vivienda en la región, explica Andrea González, subdirectora del Centro de Trabajadores de Lavaderos de Autos CLEAN.
“Se avecina una tormenta mayor. No se trata solo de las personas detenidas, sino también de las que permanecen libres”, resume esta estadounidense de 36 años. “La preocupación es que la gente termine en la calle”.
Una mano solidaria
Su organización ayuda a más de 300 hogares con dificultades económicas cuyos ingresos se han desplomado, ya sea porque un miembro ha sido arrestado o porque tienen demasiado miedo de volver al trabajo.
El grupo ha destinado más de 30,000 dólares a ayudar a unas 20 familias a pagar el alquiler, pero cubrir las necesidades de todos es simplemente “insostenible”.
Conscientes del problema, los líderes locales de los demócratas están intentando establecer alguna ayuda financiera para las familias afectadas.
El condado de Los Ángeles planea crear un fondo específico, y la ciudad también lanzará el suyo propio, financiado con fondos filantrópicos, sin recurrir al dinero de los contribuyentes.
Así, algunas familias podrían beneficiarse de tarjetas con “unos pocos cientos” de dólares, aseguró la alcaldesa Karen Bass a mediados de julio.
Pero para González estas iniciativas están lejos de ser suficientes. Las cantidades mencionadas a menudo ni siquiera alcanzan el “10 % del alquiler de una familia”, señala la activista.
La región debería establecer una “moratoria a los desalojos”, como se hizo durante la pandemia, argumenta.
De lo contrario, el número de personas sin hogar en Los Ángeles, que hoy es de 72,000, corre el riesgo de volver a aumentar, tras dos años de ligero descenso.
- “Lo que estamos viviendo ahora mismo es una emergencia“, advierte.
Una moratoria tranquilizaría a María Martínez. El esposo indocumentado de esta mujer estadounidense de 59 años fue arrestado en un lavadero de autos a mediados de junio en Pomona, otro suburbio al este de Los Ángeles.
Desde entonces, ha tenido que depender de la ayuda de sus hijos para pagar su alquiler de 1,800 dólares, que su subsidio por discapacidad de 1,000 dólares no alcanza a cubrir. “Es estresante”, dice. “Apenas sobrevivimos”.
“Tenemos miedo, ya casi no salimos”: el día a día de inmigrantes latinos en Tampa
El miedo a ICE vacía calles y comercios latinos

El temor a las redadas migratorias ha alterado profundamente la vida diaria en Buford Highway, el corredor multicultural que atraviesa parte del área metropolitana de Atlanta, Georgia, y que representa el corazón de la comunidad hispana en la región.
El comercio, las actividades comunitarias y la vida social se han visto notablemente reducidos ante la ansiedad que mantiene a muchos inmigrantes encerrados en sus hogares.
Como ha ocurrido en otros barrios latinos del país, en este corredor —que comienza en Atlanta y se extiende por las ciudades de Brookhaven, Chamblee, Doraville y Norcross, hasta llegar a la localidad de Buford— muchos residentes denuncian sentirse asediados por los agentes federales, que frecuentemente llevan a cabo operativos migratorios en la zona.
El miedo es evidente y palpable. Se observa menos gente caminando por las calles, comprando en tiendas, comiendo en restaurantes o participando en eventos comunitarios, que en años anteriores atraían a cientos de los más de 50,000 residentes del área, donde también existe una significativa comunidad asiática.
“Tenemos mucho miedo, ya casi no salimos de casa“, expresó a EFE una madre peruana que salía de hacer compras en un supermercado, acompañada de sus tres hijas, una de las cuales llevaba a cuestas en una lliclla, la colorida manta andina tradicional.
En una tienda decorada con piñatas colgantes y repleta de dulces mexicanos, ubicada en un centro comercial de Brookhaven, una empleada compartió la misma preocupación: “Hay menos gente porque hay miedo, y sí, esta situación migratoria nos está afectando a todos“, dijo escuetamente, rehusándose a seguir hablando del tema.
- “Definitivamente ha disminuido el tráfico de clientes“, señaló el dueño de una sastrería en Doraville, quien explicó que ahora cierra más temprano los sábados por la baja afluencia.
Todos los entrevistados solicitaron el anonimato, visiblemente incómodos al hablar de esta nueva realidad que atraviesa su comunidad desde que el presidente Donald Trump reactivó su ofensiva contra los inmigrantes indocumentados.
Aunque no existen datos oficiales sobre el impacto económico de la situación en esta zona comercial —que alberga más de 1,000 pequeños negocios, la mayoría propiedad de inmigrantes— algunos empresarios estiman que las ventas han caído hasta un 50 % desde que comenzaron los operativos, y algunos se han visto obligados a despedir personal.
“No hay mal que dure cien años”
A pesar del miedo, también hay voces que abogan por seguir adelante. “Sí, hay temor en la comunidad, pero ¿qué vamos a hacer?”, se preguntó un ciudadano mexicano que asegura haber presenciado una redada reciente llevada a cabo por agentes encapuchados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en la zona de Buford.
“Hay que seguir viviendo. Y si quieren deportarnos, pues que nos deporten. Esto no puede durar para siempre”, afirmó con resignación.
Un mensaje similar transmiten líderes comunitarios como Lily Pabian, directora ejecutiva de We Love Buford Highway, una organización sin fines de lucro dedicada a preservar la identidad multicultural de este corredor de más de 48 kilómetros que atraviesa los condados de Fulton, DeKalb y Gwinnett.
“Nos sentimos tristes, sentimos ansiedad, pero al final, este corredor —y en particular nuestros inmigrantes— somos resilientes. Nos esforzamos al máximo para seguir adelante, porque ¿qué más vamos a hacer? Vamos a continuar con nuestros negocios, proteger a nuestras familias y educar a nuestros hijos”, afirmó Pabian en entrevista con EFE.
La activista recordó que esta no es la primera vez que la comunidad enfrenta dificultades, evocando los duros momentos vividos durante la pandemia de la COVID-19, que golpeó con fuerza esta área del noreste metropolitano de Atlanta.
“Es uno de esos momentos en los que tienes que sacar fuerza de las adversidades que enfrentaron tus padres y abuelos, y decir: ´Esto es duro, sí, pero hemos pasado por peores. Podemos superar esto también´”, concluyó.
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