Philipp Lichterbeck
22 de mayo de 2026
En pleno colapso político y social de Cuba, DW visita en La Habana a la disidente Marthadela Tamayo.
Marthadela Tamayo y su esposo.Imagen: Philipp Lichterbeck/DW
El camino hacia Marthadela Tamayo lleva a las afueras de La Habana. En un scooter eléctrico pedido por una aplicación cubana de taxis, se avanza por avenidas amplias y casi vacías, entre carteles con consignas socialistas: “Entendemos la historia, esta es la Revolución”.
En algún momento, aparece el enorme recinto deportivo donde los Rolling Stones ofrecieron en 2016 un concierto gratuito ante medio millón de personas. Tocaron poco después de la histórica visita del presidente estadounidense, Barack Obama, quien buscaba normalizar las relaciones con Cuba. Visto desde hoy, parece pertenecer a otra era.
Profunda crisis social
Desde comienzos de año, el Gobierno de Estados Unidos intenta empujar a Cuba hacia el borde del colapso económico y social mediante un bloqueo petrolero y sanciones cada vez más duras. La escasez de combustible y alimentos ha desembocado en la crisis social más profunda que vive la isla desde la Revolución de 1959.

Pero muchos cubanos también responsabilizan al régimen comunista por la precariedad actual. Hablan de mala gestión, corrupción, falta de flexibilidad y de la negativa del sistema a permitir una verdadera participación ciudadana. Entre ellos está la disidente Marthadela Tamayo.
Una activista incómoda para el régimen
Tras veinte minutos de trayecto, se llega a su pequeño departamento en el cuarto piso de un edificio gris prefabricado que ya hierve bajo el calor del mediodía. Solo después de varios golpes a la puerta y de que una vecina la llamara por teléfono, Tamayo abre con los ojos hinchados. Explica, a manera de disculpa, que casi no pudo dormir porque otra vez se fue la luz. No solo dejó de funcionar el ventilador, sino también la bomba que sube el agua hasta los pisos altos. El calor era insoportable y los mosquitos no daban tregua.
Tamayo, de 42 años, es fundadora del Comité Ciudadano por la Integración Racial (CIR). “Exigimos una política antirracista, feminista y participativa para Cuba”, explica sobre los objetivos de la organización. Como eso incomoda al régimen comunista, desde 2019 ni ella ni su esposo pueden salir de La Habana. “A veces también nos dejan bajo arresto domiciliario”, cuenta. “Entonces aparece un carro del Ministerio del Interior frente a la casa”.

La escasez de combustible y alimentos ha desembocado en una profunda crisis social.Imagen: Philipp Lichterbeck/DW
Por su trabajo en defensa de las mujeres afrodescendientes y de la comunidad LGBT, Tamayo recibió el Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos en 2024. Aun así, el sistema la reprime y la margina. Ya en 2021, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos concluyó que Tamayo y su esposo “se encuentran en una situación de gravedad y urgencia, puesto que sus derechos a la vida e integridad personal están en riesgo de daño irreparable”.
La historia de Tamayo, por lo tanto, resume muchos de los problemas de la Revolución cubana. Nacida en la ciudad oriental de Holguín, terminó siendo empujada hacia la oposición. “El régimen es incapaz de abrirse porque la nomenklatura tiene miedo de perder el control”, afirma.
Apoyó el Proyecto Varela
De joven estudió pedagogía y, a comienzos de los años 2000, firmó una convocatoria del Proyecto Varela, la iniciativa opositora más importante desde 1959. Organizado por el disidente católico Oswaldo Payá, el movimiento aprovechó un artículo de la entonces Constitución que permitía las iniciativas ciudadanas. El Proyecto Varela exigía elecciones libres, libertad de expresión y la liberación de presos políticos. Oficialmente reunió más de 11 mil firmas.

Mayo de 2026: tienda de comestibles en La Habana.Imagen: Philipp Lichterbeck/DW
“El Proyecto Varela me hablaba directamente al corazón”, recuerda Tamayo mientras toma un primer café cargado de azúcar. “Porque era una iniciativa cubana, no algo impuesto desde afuera. A mí me molestaba la uniformidad del pensamiento. Era joven y me rebelaba”.
La reacción del Estado no tardó. Fidel Castro hizo incorporar en la Constitución el carácter “irrevocable” del socialismo cubano y, en 2003, comenzó la llamada Primavera Negra: 75 disidentes, periodistas y activistas fueron arrestados y condenados a largas penas de prisión, entre ellos los impulsores del Proyecto Varela.
Inicios en la disidencia
Después de graduarse, Tamayo comenzó a trabajar como maestra. Pero cuando quiso regresar a la escuela tras un embarazo, le prohibieron ejercer. “Me excluyeron porque mi pensamiento no estaba en equilibrio con las ideas de la Revolución“, recuerda sobre la explicación oficial.
A partir de entonces crió cerdos y vendió café desde la ventana de su casa. “Algunas personas me apoyaban comprándome”, cuenta. “Otras tenían miedo de que las vieran conmigo”. También aparecían inspectores estatales que le imponían multas con el argumento de que el café no estaba bien preparado.

Cartel revolucionario en La Habana.Imagen: Philipp Lichterbeck/DW
En 2015 tomó una decisión. “Si de verdad quieren que entre en la disidencia, entonces entraré”. Empezó a invitar a amigos, vecinos y conocidos a su casa para hablar de elecciones, derechos humanos, feminismo y cuestiones sociales. “Éramos un grupo pequeño, de diez o doce personas”, relata. “No hacíamos manifestaciones, pero sí existía una conciencia opositora”.
Viajes al extranjero
Hoy considera aquellas reuniones como “semillas del cambio”. El grupo imprimía manifiestos y varios participantes fueron detenidos durante 72 horas.
También era la época del acercamiento entre Cuba y Estados Unidos bajo Barack Obama. El Gobierno de Raúl Castro eliminó entonces el permiso estatal de salida y Tamayo pudo viajar por primera vez al extranjero. Fue invitada a Perú y España para participar en talleres y encuentros organizados por fundaciones liberal-conservadoras, entre ellas la Fundación Friedrich Naumann, cercana al Partido Liberal alemán.
Más tarde —cuando Donald Trump ya había puesto fin al breve deshielo entre Washington y La Habana— viajó a Estados Unidos invitada por el National Democratic Institute, una organización financiada por el gobierno estadounidense y cercana al Partido Demócrata. Permaneció allí varios meses.
Eso la volvió vulnerable, porque el Gobierno cubano suele utilizar ese tipo de contactos para presentar a los disidentes como “mercenarios al servicio de Estados Unidos”. A Tamayo la llamaron “gusana” y el régimen le insinuó que debía marcharse al exilio. Ella se negó.
“Yo quisiera transformar algo desde dentro del sistema”, dice. “Pero ahí no hay lugar para nosotros”. Aunque la Constitución cubana contempla la participación ciudadana, asegura que en Cuba la ley y la realidad van por caminos distintos. “El Gobierno no deja espacios. Quiere controlarlo todo”.
Cultura y activismo
El departamento de Tamayo funciona hoy al mismo tiempo como oficina de activistas y centro cultural. En uno de los dos cuartos, ella y su esposo —un músico afrodescendiente— montaron un pequeño estudio de grabación donde producen podcasts y canciones.
Tamayo escribe además para libros y revistas sobre inclusión y racismo en Cuba, un problema que persiste pese al discurso oficial que lo niega. Su trabajo puede seguirse en Instagram a través de la cuenta di.verso.cuba.

1 de mayo de 2026: cubanos en el Malecón de La Habana.Imagen: Philipp Lichterbeck/DW
La pareja también organiza actividades culturales para niños en la periferia de La Habana. Allí reparten libros infantiles, entre ellos El principito. “Hacemos trabajo de base”, explica Tamayo. “No somos un partido político y este Estado tiene que abrirse de una vez a sus ciudadanos”. Y añade: “Tampoco queremos que venga Trump. Lo que queremos es un cambio pacífico construido por los propios cubanos”.
(ms)
